El índice de natalidad está muy bajo -ha caído un 40% en los diez últimos años- y eso lo percibimos cada día, no hace falta más que dar un paseo por las calles y barrios de nuestras ciudades y pueblos. No es una cuestión ideológica o de partido, es una realidad constatable. En 2018 se registraron menos de 150.000 nacimientos respecto a hace diez años. La tasa de fecundidad es de 1,25 por mujer. Está claro que vivimos en una clara caída de la natalidad que el año pasado provocó un saldo vegetativo negativo de más de 50.000 personas; vivimos en una clara transición demográfica, en un invierno demográfico.

Ya no es posible seguir parcheando esta situación, solo con una decidida y continuada política a favor de la natalidad se podrá salir de esta foto fija que está vaciando buena parte de nuestro país y la misma Europa. No es bueno esconder la cabeza debajo del ala, vivimos en una Europa envejecida y en muchos casos despoblada. Sin embargo, existen un conjunto de políticas a favor de la natalidad, múltiples y diversas. Desde medidas a favor del empleo femenino, la conciliación laboral y familiar, las políticas de igualdad, el empleo juvenil, las medidas fiscales, las escuelas infantiles, las medidas de acceso a la vivienda… pero es necesaria una visión de conjunto y, sobre todo, dar valor social al nacimiento de nuevos seres humanos en medio de nuestras comunidades.

Quizás esta caída de los nacimientos pueda estar relacionada con el aumento del nivel de vida y educativo, la incorporación de la mujer al trabajo, pero también a la precarización laboral de los jóvenes que les impide independizarse, a la caída de la llegada de inmigrantes, a la falta de apoyo público… Pero también hay otras barreras invisibles como el creciente individualismo, que potencia relaciones líquidas e inestables, un consumo que se ha convertido en el gran becerro de oro al que adorar, a necesidades artificialmente creadas por el dios mercado que todo lo abarca.

Muchas serán las consecuencias a medio y largo plazo de esta situación si no se ponen medios concretos y reales, la cuestión de las pensiones está en el horizonte; como dato positivo, valorar el crecimiento de la esperanza de vida, una de las más altas del planeta, más de 80 para el hombre y de 83 para la mujer.

En el estudio sobre el Grado de Urbanización en Andalucía del Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía se recoge que ocho millones de andaluces censados viven en el 3,6% del territorio de la Comunidad. En Andalucía, el 96,4% del espacio está desierto, la población se desplaza a las grandes ciudades y a la costa. Mientras tanto, se siguen cerrando unidades educativas en Andalucía vinculadas al descenso de la natalidad, desde 2011 se han cerrado 1.500 líneas de esos tres ciclos (infantil, primaria y secundaria). Se han perdido más de 22.000 colegiales desde 2014 y, lo que está por llegar, viendo la pirámide de población. Porque, según las previsiones de la ONU, la población española descenderá 14 millones de habitantes en 2100, mientras que la población mundial crece. España pasará de ocupar la posición número 30 actual a la 63 en el arranque del próximo siglo.

Suelen alegarse razones económicas -la crisis- o laborales -precariedad-, pero cada vez es más evidente que las razones de fondo pueden ser culturales, esto es, afectan a las motivaciones profundas de nuestras decisiones. Quizás para que haya más nacimientos hay que vincular los valores culturales y los índices de natalidad. Los hijos vienen no solo debido a la búsqueda de la felicidad, a los beneficios económicos o a la mera biología, sino también por cómo los sistemas culturales y de valores lo propician.

Enrique Belloso Pérez  | Director de Relaciones  Institucionales y Comunicación de CEU Andalucía

Artículo incluido en el número de julio y agosto de la revista Agenda de la Empresa