No sabemos si cuando hace un año Aron Rosenberg decidió vivir sin Internet sabía a lo realmente se enfrentaba, pero, este profesor canadiense no buscaba un paréntesis, un periodo más o menos largo, unas vacaciones, unos días de descanso. Sin duda, este vivir unos días “offline” es cada vez más atractivo en una sociedad hiperconectada, pero si preguntamos de verdad, pocos estarían dispuestos a dejar atrás este mundo virtual “online” en el que estamos inmersos. Hemos de reconocer que la mayoría de nosotros somos Internet-dependientes.

Separarnos de nuestro ordenador, smartphone, iPad… nos cuesta, y más ahora después de un año de pandemia, donde el teletrabajo o la interacción social online nos llevó a aumentar exponencialmente nuestro mundo virtual, que, al mismo tiempo, paliaba notablemente nuestro aislamiento. Ahora parece que pequeños y mayores necesitamos estar distraídos todo el tiempo, vivimos en un permanente “horror vacui”. Sin embargo, según nos informa The New York Times, Rosenberg es, después de un año sin Internet, más inteligente y productivo, y ha ganado mucho en capacidad de concentración. Estima que esta dependencia de Internet no es ni sana ni sostenible para el ser humano. Pero ya conocemos que la virtud está en el equilibrio, ni tanto, ni tan calvo.

Por otro lado, el teletrabajo en este mismo año ha irrumpido con fuerza, sin duda, una oportunidad, pero hemos de gestionarlo de forma sostenible. En nuestro entorno más de tres millones de personas teletrabajan en España, de un total de 18,6 millones de trabajadores. Avanzamos hacia casi un 20% de la población activa. Pero, ¿están adaptados nuestros espacios de trabajo en casa? La realidad es que escasamente disponemos del lugar adecuado, cuanto más cuando puede haber varias personas teletrabajando o estudiando. Necesitamos un lugar ventilado, en lo posible silencioso y bien iluminado. Las cuestiones posturales y ergonómicas pesan cada vez más para nuestra espalda, y hay que limpiar más afondo y desinfectar a menudo; todo ello es fundamental para disponer de un espacio ideal para el teletrabajo y, desgraciadamente, no todo el mundo dispone de ello, o es capaz de gestionarlo adecuadamente. Cada casa es un mundo, nunca mejor dicho.

Además de todo esto, nuestra actividad física ha disminuido -al estar tanto tiempo sentados- en este tiempo de más teletrabajo. Sube el colesterol, se tambalea la glucosa y el corazón se resiente. La silla la debemos usar lo menos posible, es fuente de muchos problemas. Hay que tomar nota, por ello, crecen las reuniones informales, paseando y al aire libre. Sin duda, se recomienda evitar el sedentarismo, hay que sustituir el transporte, el paseo para el desayuno, la fotocopiadora… por otras actividades. Todos los expertos nos recomiendan quitarnos los complejos relacionados con la presencialidad, que tenemos tan arraigados en España, incluso a nivel normativo. Sin duda, hay que cumplir los horarios, pero, sobre todo, hay que ser productivos. Combinándolo con una necesaria conciliación familiar en el ámbito laboral.

En suma, tenemos que hacer sostenible el teletrabajo -que ha llegado para quedarse- pero hemos de saber gestionarlo. Será un complemento del trabajo, pero no un sustito definitivo del mismo. No podemos olvidar el contacto personal, social. Teletrabajar en casa de alguna forma diluye nuestra intimidad. Pero, además, es que no podemos olvidar la fuerza de la cultura empresarial: las sinergias que se generan, donde se cultiva el ADN de la empresa, surgen nuevas ideas, motivaciones. Se construye toda una red de intereses y estrategias que hacen que el teletrabajo sea solo una pieza más del engranaje sostenible de la empresa o, al menos, para la inmensa mayoría de las empresas y actividades profesionales.

 

Enrique Belloso Pérez

Director de Proyección Social y Comunicación de CEU Andalucía

Artículo incluido en la edición de abril de Agenda de la Empresa