Enrique Belloso Pérez

Director de Proyección Social y Comunicación de CEU Andalucía

El mundo está con la respiración contenida. La crisis sanitaria y socioeconómica ya es un lugar común para todos y en todo el planeta, con sus olas, estadísticas, angustias e intereses. Nuestra vulnerabilidad ha quedado manifestada, como también ha quedado manifestada la necesidad de vernos los seres humanos como un único pueblo, diverso y diferente, pero inmersos en una misma realidad que compartimos, a pesar de nuestras divisiones y conflictos más o menos interesados.

Lo que parecía imposible ha sucedido, se han parado las rutinas, han cambiado prioridades, las agendas han volado por los aires. Nos hemos despertado y nos contemplamos ya sin maquillaje, sin disfraces de lo que no somos, y no solo por las mascarillas. A pesar de este panorama, para muchos inquietante, la crisis provocada por la pandemia puede ser un nuevo punto de arranque para nuestro mundo. Todo dependerá de nosotros, de quienes nos lideran, de quienes de alguna forma son protagonistas en sus respectivos ámbitos de influencia. 

Le tememos al concepto “crisis”, pero no necesariamente tiene que ser una realidad negativa, a pesar de que genere desequilibrios e incertidumbres. La crisis, nos criba, nos abre a nuevas realidades, a transformaciones muchas veces inesperadas… Por eso, no debemos atropellarnos en hacer una lectura apresurada y tremendista del mundo que nos rodea, que puede no ser ni realista, ni verdadera. Hay que mirar el horizonte con luces largas, hay que dejar pasar la luz a través de los balcones, no podemos encerrarnos en nuestras angustias y ansiedades. Es cierto, tenemos problemas, pero también muchas cosas que funcionan, personas entregadas a sus tareas, instituciones y empresas que avanzan, gobiernos que miran más allá.

A pesar de lo dicho, algunos, algunas organizaciones -de todo tipo y color- contemplan la crisis como una oportunidad, sobre todo, para generar un caldo de cultivo destructivo, que promueve el conflicto por el conflicto, la lucha sin más, buscando enemigos por todos sitios, construyendo muros, generando enfrentamientos. Siguen con la vieja lógica de que el conflicto los lleva al poder, los mantiene en el poder… Quizás desconozcan que el conflicto por sí mismo siempre lleva a la destrucción propia y a la de todo su entorno, así, al menos hasta ahora, nos lo enseña la historia. 

En esta dinámica de conflicto, lo importante es buscar siempre a los culpables, ya sabemos la técnica de separar, señalar, conspirar, poner a los otros al límite, solo con un objetivo: generar entornos más o menos cerrados, que se retroalimentan, con un único y exclusivo fin. Nuestra sociedad avanza gracias a las crisis, pero se paraliza y empobrece con el conflicto, con los conflictos absurdos de lógica simplista de buenos y malos… Solo en la aceptación de la pluralidad, en una sana unidad como sociedad construiremos un futuro mejor, lejos del conflicto adscrito a intereses espurios y muchas veces inconfesables de difícil justificación ética.

Pero no es necesario que vivamos siempre en un entorno de crisis, es bueno despejar horizontes y salir de esta. Pero no saldremos, más allá de la situación sanitaria y económica que es esencial y básico mejorar, sin una renovación profunda, sin una regeneración de calado. Sin olvidar el pasado y mirando al futuro con esperanza. Nuestra civilización, en plena transformación, no se agota en sí misma. Ninguno de nosotros es imprescindible, ninguno quedará para siempre; por eso, acojamos la crisis, sepámosla aprovechar, pero huyamos del conflicto, como de la peste, como del COVID. El conflicto nos enreda, nos agota y nos hunde en un pozo de inmundicia.  Dejémonos comprometer con el futuro -con o sin crisis- pero alejándonos de dinámicas de conflicto y confrontación que solo nos llevan a abrir abismos entre nosotros, nuestras sociedades y nuestra casa común.