Los resultados de las recientes elecciones andaluzas han sido, a primera vista, desconcertantes, y además imprevistos. En el fondo quizás encierran un mensaje que explica hasta la incapacidad de las encuestas para reflejar cómo se preparaba la gente cara a las urnas. En todo caso, pueden servir para abrir este balance en el paso de un año a otro.

Cuando estas líneas lleguen a los lectores es más que probable que se haya llegado a un acuerdo para gobernar. Pero eso no debería hacernos olvidar lo que pasó el 2 de diciembre. Fue como un gran terremoto. Algunos datos. Los cinco partidos con representación parlamentaria se repartieron 3,4 millones de votos: pero entre tres de ellos perdieron un millón, mientras que los otros dos ganaron 660.000; paradójicamente, los dos que desde el principio aspiraron a presidir el gobierno perdieron un notable número de votos; y sobre todo sorprendió el ascenso meteórico de VOX.

Ante ciertas voces alarmistas cabe decir: el problema no es que exista VOX (con un programa de dudosa inspiración democrática); lo significativo es que lo hayan votado casi 400.000 (solo 18.000 en 2015). ¿Hay que interpretar este voto como una adhesión a su programa? Este triunfo electoral ¿no recuerda la irrupción espectacular de Podemos en la escena política en las distintas convocatorias de 2014 y 2015, por mucho que las orientaciones ideológicas de ambos partidos sean inconciliables? El retroceso reciente de Podemos ¿sería un aviso para el futuro de VOX?

Es difícil negar que detrás de estos vaivenes electorales (¿cuál será el próximo?) late un profundo descontento social, que no encuentra cauce estable de expresión, aunque ciertos discursos políticos se empeñen en apropiarse de ellos. Mientras tanto, la clase política se enreda en escaramuzas entre los partidos y sus líderes, más atentos a desautorizar al otro que a hacer propuestas dignas de confianza, casi obsesionados por cómo conservar el poder o aumentarlo. Puede parecer un juicio injusto por generalizado de la clase política, pero ¿no refleja el sentir de muchos ciudadanos? La actividad política se consume en el afán de conquistar votos a cambio de concesiones a unos y otros: cuenta más la aritmética de los votos que la calidad de los proyectos, se impone la urgencia de los resultados a corto plazo.

¿Hay un motivo último que explique este desencanto? Quizás estamos despertando del sueño de un bienestar que abonaba expectativas de mejora para todos. El despertar nos enfrenta con una sociedad no tanto de escasez cuanto de mala distribución y de desigualdad de oportunidades. En ella los recursos, que al menos en nuestras sociedades “avanzadas” no son escasos, se administran con ligereza y con demagogia, muchas veces incluso con falta de honestidad.

¿No es querer ver demasiado detrás de las elecciones andaluzas? Si extendemos la mirada más allá de nuestras fronteras (¿pero hay fronteras?) aparecen fenómenos semejantes. El “brexit” británico, las dificultades de la Unión Europea para avanzar, el ascenso de una derecha nacionalista, el “America first” con que triunfa Trump, el no abordar en serio el tema de los movimientos migratorios… ¿no son todas manifestaciones de un repliegue imposible en un mundo cada vez más interdependiente? Más aún, el desprestigio de la clase política no tendría que ver con este dominio del interés prioritario por lo particular: en ese escenario, los responsables políticos no logran liberarse de las trampas de una sociedad que solo los justifica si atiende a sus intereses y se olvida de los grandes proyectos.

No quieren estas líneas ser una colección de malos augurios. Más bien ofrecer una reflexión que, a la hora de hacer balance, nos interpele a todos como ciudadanos, y no solo a los políticos (a quienes se suele echar la culpa de casi todo). Ojalá ayuden a entrar en el año con una inquietud nueva, con la audacia del análisis y la búsqueda de otros caminos.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía