Estamos en tiempos de elecciones. Elecciones andaluzas (cuando estas páginas vean la luz, ya conoceremos sus resultados), elecciones municipales (mayo 2015) y, sobre todo, elecciones generales (antes que concluye el presente año). Y en este contexto el debate sobre la economía se recrudece: lucha contra desempleo, recortes económicos, más o menos impuestos, etc. Detrás de todos estos debates, una confrontación recurrente: ¿más libertad y más mercado o más intervención y más Estado? ¿más economía o más política?

 

Foto-Ildefonso-CamachoMe parece un debate de la máxima relevancia, una vez superada la fase en que debatíamos dos modelos puros: mercado libre sin restricciones frente a economía dirigida desde el Estado, capitalismo frente a socialismo/colectivismo. Hoy el debate es más matizado: mercado y Estado son necesarios, pero cómo encontrar el justo equilibrio entre ambos. Es lógico que se oigan voces de quienes son más partidarios de la intervención estatal, pero también de quienes optan por una mayor libertad del mercado. Lo que me parece menos lógico −y me hace sentirme incómodo ante muchos debates− es constatar lo que me parece una incoherencia:

 

  • Los partidarios de mayor libertad critican (con razón) las limitaciones de nuestro sistema y los excesos de intervención pública, denuncian corrupción y despilfarro de recursos, para contraponer el valor del mercado como institución que se basa en la libertad y garantiza una eficiente asignación de los recursos según demandas de los consumidores y posibilidades de los productores.

 

  • Los partidarios de más intervención estatal critican (con razón) las desigualdades que nuestra economía genera y los abusos de libertad que produce, e invocan el auténtico valor de la política por su capacidad de atender a los intereses generales de la sociedad.

 

La incoherencia para mí estriba en que, en ambos casos, confrontan una realidad con un ideal. El mercado ideal (el que se estudia en los manuales) es el de la eficiente asignación de los recursos, pero se olvida que los mismos economistas exigen condiciones muy estrictas (que apenas se dan en los mercados reales) para que esa función se realice. Y la política ideal (también la de los manuales) habla de los intereses generales que le dan su razón de ser, pero olvidan que el poder asignado para eso con frecuencia se pone al servicio de intereses particulares de quienes lo controlan. Los ideales de una economía vivida como libertad efectiva para todos y de una política expresada en un servicio inequívoco a los intereses generales de la sociedad no pueden confundirse con la realidad económica y política de cada día. La realidad económica y política está cargada de la ambigüedad consustancial a lo humano. Por eso economía y política están llamadas a equilibrarse. Y esa ha de ser la responsabilidad de todo ciudadano, sea cual sea su posición económica o política. En el fondo, estamos ante una cuestión ética: la honestidad de nuestros debates. Su primera exigencia: analizar con rigor la realidad, sin distorsionarla en función de posturas interesadas. Ese análisis, nunca aséptico y neutro, tiene como horizonte de referencia un ideal, que es ético. Cuando decimos que el mercado asigna eficientemente los recursos escasos, estamos formulando a la vez un criterio ético (debe hacerlo así porque eso es lo que lo legitima) y un criterio de acción (debemos poner los medios para que sea así). Cuando decimos que la política se ocupa de los intereses generales de la sociedad, también estamos formulando a la vez un criterio ético (el poder político debe actuar en esa línea) y un criterio de acción (hay que corregir los abusos y poner los medios para que dichos intereses sean atendidos). La honestidad de nuestros debates −saber cuándo hablamos de la realidad y cuándo expresamos ideales, y cómo la realidad debe dejarse impactar por el ideal que le sirve de norte− no solo legitima a los dirigentes económicos y políticos, sino que estimula y da seguridad a los ciudadanos.

 

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía