Ya son algunos los economistas que han acuñado este término, Draghinomics, a la forma de entender la política del Banco Central Europeo por parte de su Gobernador, Mario Draghi. Después de dos gobernadores que no se alejaban de la ortodoxia marcada por el Gobierno alemán y el Bundesbank, el Sr. Draghi empezó con fuerza y a pesar de algún momento de debilidad, sigue posicionándose frente a Alemania y Francia en su forma de entender cómo desarrollar su cometido como responsable máximo de la política monetaria de la eurozona. Han sido muchos los instrumentos no convencionales -¡vaya con el eufemismo!- los que se han implementado desde el inicio de la crisis y los que Draghi ha querido poner en circulación. Su paso como Gobernador del Banco Central Italiano ha sido clave para entender cómo un Banco Central debe responder a los intereses de la economía que sustenta. El problema es que la legislación y el mandato del BCE no responde al modo de entender de esta forma el control de la política monetaria. En principio el BCE no debe más que preocuparse por mantener un tipo de inflación en torno al 2%. Y punto. Nada de colaborar con la economía al estilo de la Reserva Federal Americana.

 

M-CardeneteOKDesde su llegada al BCE en noviembre de 2011, los instrumentos no convencionales generados han sido realmente variados. A un mes de su llegada, el BCE realizó una inyección de liquidez importante con los LTROs (Long Term Refinancial Operations), por valor de medio billón de euros, en un momento en que los mercados de deuda pública, mercado interbancario y otros mercados financieros estaban al borde del colapso. Dos meses después, puso en circulación una segunda parte de los LTROs, de hasta casi un billón de euros. Gracias a esto, empujó al Consejo Europeo a reconocer la necesidad de una Unión Monetaria con una Unión Bancaria, una mayor Unión Fiscal con mutualización total o parcial de la deuda, más una Unión Política.

 

Pero si esto fuera poco, el BCE en septiembre de 2012, aprobó un cambio radical de su estrategia de política monetaria, anunciando el propio Draghi que estaría dispuesto a comprar deuda pública de los Estados con problemas, en el Mercado secundario, sin límite en la cantidad ni el tiempo, denominado Outright Monetary Transactions (OMT).

 

Un par de meses antes, aseguraba Draghi ante un nutrido grupo de empresarios en una cumbre organizada en Londres con motivo de los Juegos Olímpicos que, “durante mi mandato, el BCE está preparado para hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente”, resumida en su ya histórica frase: whatever it takes. Despúes de este cambio de política y la creación del MEDE (Memorando de Entendimiento acordado con las Autoridades Europeas), el BCE cuenta con un fondo de rescate permanente para salvaguardar la credibilidad del sistema. Para cerrar esta revolución monetaria, el Mecanismo Único de Supervisión debería evitar los desmanes del pasado. Los test de estrés han salido razonablemente bien y el esquema de la eurozona está cerrado.

 

El BCE debe ahora tomar medidas para luchar con el reciente problema generado: la deflación -o casi-. Para ello, tenemos ya un tipo de interés oficial prácticamente en 0, un tipo de interés negativo para los depósitos de los bancos en el BCE y una inyección de liquidez a los bancos a cambio de la concesión de crédito al sector privado (credit easing).

 

Si esto fuera poco, yo quisiera destacar en la figura de Draghi, la presión hacia los jefes de Estado y primeros ministros de la eurozona para intervenir de forma efectiva en la crisis y evitar posible tercera recesión. Ya ha dejado claro que la política monetaria no puede por sí sola tirar del crecimiento económico en Europa. Las políticas de demanda agregada no pueden basarse exclusivamente en la monetaria. Se necesita de una política fiscal efectiva y que genere actividad económica. El gasto público desde la Unión Europea se hace absolutamente necesario. Las políticas de austeridad han servido para evitar las bancarrotas de los estados miembros, pero pasada la tormenta, es ineludible la acción inmediata desde el lado del gasto público. La vuelta a políticas keynesianas, razonables y limitadas en el tiempo, están ya encima de la mesa con la propuesta de Jean-Claude Juncker, flamante nuevo presidente de la Comisión Europea. Pero creo que insuficiente.

 

Manuel Alejandro Cardenete

Catedrático de Economía – Director del Departamento de Economía Universidad Loyola Andalucía