El título escogido para este artículo parece un juego de palabras: crisis de solidaridad, solidaridad ante la crisis. En realidad sólo se quiere reflejar una compleja relación entre solidaridad y crisis. Por una parte, la crisis es consecuencia de una solidaridad debilitada porque el modelo de organización socioeconómica de la sociedad la tenía entre sus pilares básicos, y ese modelo -el Estado social- está ahora inmerso en una crisis muy profunda: no cabe ignorarla refugiándose en grandes principios o ideales. Pero, por otra parte, la crisis tiende a debilitar aún más la solidaridad. Cuando la precariedad arrecia, cada uno se ciñe a lo suyo y deja la filantropía para mejores momentos. La crisis, por fin, está provocando muchas iniciativas solidarias: se ha dicho que si la situación no ha llegado a estallar en algunos lugares, ha sido gracias a la solidaridad a pequeña escala, en el seno de la familia o entre los más cercanos. Estas tres formas de relación entre solidaridad y crisis justifican el título escogido, el cual corresponde también a un documento hecho público a mediados del pasado octubre por los jesuitas españoles. El texto puede encontrarse en la web infosj.

Foto-Ildefonso-CamachoSus destinatarios somos, en primer lugar, los jesuitas mismos y nuestras instituciones en distintos ámbitos (educativo, social, pastoral). Pero queremos también entrar en diálogo con toda la sociedad española como una toma de postura que no pretende ser la última palabra de nada, pero que busca su espacio en el debate público. Por eso el texto, de inspiración inequívocamente cristiana, adopta un lenguaje y emplea una argumentación aptas para el diálogo con toda clase de interlocutores, al margen de sus creencias. El texto nace en un contexto: el de una sociedad desencantada y desesperanzada ante una crisis a la que no se le ve el final, a pesar de algunos síntomas tímidos de recuperación. Contexto también son las próximas elecciones generales, donde concurren actores nuevos con propuestas económicas y políticas que rompen los moldes habituales. Contexto es igualmente el de las instituciones en que trabajamos, que nos permiten un contacto directo con la sociedad y sus problemas.

Tesis del documento: la solidaridad es una clave adecuada para entender la crisis, y para proponer soluciones. Indudablemente, solidaridad es hoy un término controvertido. Sobre esa controversia queremos abundar.

Entendemos la solidaridad como un hacernos todos responsables de todos. Admite muchas manifestaciones. La más obvia, que nadie discutirá, es la espontánea: la de quien está dispuesto a poner voluntariamente algo de lo suyo (dinero u otros recursos) al servicio de otros. Pero la solidaridad se puede institucionalizar y ello supone el compromiso de varios para organizarse, dándose unos fines, unas estructuras, unos procedimientos, para actuar al servicio de otros (caso típico, una ONG). Cabe todavía un tercer nivel: cuando la institucionalización tiene carácter público y es organizada desde los poderes del Estado. Pertenece entonces a la organización de la sociedad y es impuesta a todos como parte de las reglas de juego que nos damos a través del sistema político. Para que todos esos niveles funcionen hace falta una predisposición en las personas: la solidaridad como valor compartido, como talante. Cuando eso falta, las leyes y estructuras del Estado se ahogan en la impotencia. Algo de eso se percibe en sociedades tan individualistas como las nuestras, reacias a admitir formas de solidaridad que vayan más allá de lo que brota espontáneamente de los individuos.

La crisis del Estado social tiene que ver con ese debilitamiento de la solidaridad como factor inspirador de lo privado y lo público. Muchos preferirían reservar la solidaridad para la vida privada y eliminarla radicalmente del ámbito público. El documento al que hacemos referencia no es de este parecer. Por eso acude a la solidaridad como clave para interpretar la crisis que atravesamos (y no sólo en España, también en la Unión Europea o a escala mundial-global y medioambiental) y para buscar vías de salida. Evidentemente, la solidaridad no basta ni para interpretar ni para solucionarlo todo. Pero es irrenunciable: necesaria, no suficiente. Ese debate sigue abierto. Necesita incorporar los nuevos elementos que le suministra la crisis para no encerrarnos en una pura nostalgia del pasado. Pero la búsqueda de soluciones adecuadas no puede obviar la cuestión de cómo equilibrar las distintas formas de solidaridad, sin prescindir de ninguna. Es posible que acertar en ese equilibrio sea el punto crucial para encontrar una salida. Y eso incluye redimensionar el Estado social  y repensar el papel de la solidaridad en él. Desde nuestra inserción en la sociedad española los jesuitas y sus colaboradores no queremos ahorrarnos el esfuerzo de pensar y buscar, de dialogar.

 

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía