Por Ángel Gallego Morales

– En ‘Los principios de la neolengua’, apéndice a 1984, señalaba Orwell que la finalidad de la neolengua no consistía únicamente en proporcionar un medio de expresión a las ideas generales vigentes y los hábitos mentales propios de los devotos del Ingsoc, sino también hacer inviables otras formas de pensamiento. Esta advertencia sobre la desnaturalización del lenguaje es típica de los regímenes de pensamiento único, por lo que devolver el sentido a las palabras se convierte en paso indispensable para recuperar, como advierte Supiot, el dominio del propio porvenir.

Y ese quehacer se me antoja más indispensable cuando el manoseo de las palabras y su sometimiento a una exuberante verborrea las dejan irrecuperablemente anémicas, destinadas a ingresar en el ya repleto cementerio de las venerables palabras de la “vieja” lengua. Ahora que termina un año de permanente estado electoral, parece oportuno reparar en el hecho de que no se tiene noticia, al menos yo no la tengo, de formación que no haya concurrido al mercado electoral enarbolando la bandera del “interés general” y andando en busca del “consenso” perdido.

Angel-GallegoDesde esa tendencia a identificar los intereses propios con el bien público, la discusión política se impregna de moral. Como enseñaron los primeros politólogos, en la contienda política los intereses en conflicto expresan aspiraciones mediante palabras tendentes a reflejar la colisión entre frentes de valores morales, de manera que todos los individuos tienden a creer que sus propios intereses y puntos de vista coinciden con lo «justo» y con el «bienestar general», con el bien público, de manera que cualquier grupo que busque el poder o influir sobre el curso de la acción pública  identifica sus propios intereses con el bien público; y, por la necesidad de este proceso de justificación moral, los grupos pueden llegar a modificar sus posiciones, mediante la búsqueda del consenso, mediante la transacción conducente al encuentro de espacios de confluencia con los “otros”, que comporta la renuncia, al menos temporal, a la entera satisfacción del particular interés.

Ese es, someramente descrito, el viejo proceso deliberativo conducente a la “verdad” (interés general) y que, en su realización práctica, está evidenciando la hemiplejia moral de no pocos sujetos y poderes políticos, atributo que en las sociedades actuales no es privativo de los poderes públicos, con las consecuencias a ello parejas.

Entretanto, en otros ámbitos, el consenso sucede. Hay instituciones en que el acuerdo y la transacción no son un acto sino un hábito. Es cierto que ello no es noticiable porque no alienta la discordia cívica, tan cara a lo informativo. Esa forma de hacer es, en cambio, narrativa, y, en tanto que realización de la idea participativa, núcleo del relato democrático.

En esa lógica política se inscribe el quehacer del Consejo Económico y Social de Andalucía, donde cada día trabajamos en la construcción de la democracia deliberativa, en el fértil debate de posturas contrapuestas, en que se defienden los argumentos no por propios sino por buenos, y dispuestos a atender a la verdad del otro para buscar los espacios de confluencia con la nuestra.

Que los agentes económicos y sociales, representando intereses legítimamente contrapuestos en las zonas naturalmente más sísmicas de las relaciones sociales, encuentren en el CES un espacio para la transacción para la emisión de dictámenes e informes en que anida el acuerdo respecto a diagnósticos y propuestas.Inequívocamente contribuye a la calidad de la democracia, y ello desde la doble funcionalidad del CES: como espacio de diálogo social y como canal de los flujos cívicos en el proceso de creación normativa. Esa es también la contribución que, desde la pedagogía del ejemplo, podemos ofrecer a otros ámbitos políticos desde estas instituciones, que no gustan al pensamiento único porque, en su neolengua, la participación y el consenso son asunto de menor cuantía.

Ángel Gallego Morales

Presidente del Consejo Económico y Social de Andalucía