El pasado 12 de noviembre se marcó un nuevo hito en la exploración espacial, y en especial para la Agencia Espacial Europea (ESA), cuando el módulo de aterrizaje Philae de la sonda Rosetta se convirtió en el primer objeto fabricado por el hombre en aterrizar de manera controlada sobre un cometa, en concreto el cometa de corto período 67P/Churyumov–Gerasimenko. El aterrizaje no fue del todo perfecto ya que el módulo de aterrizaje rebotó dos veces sobre la superficie antes de posarse definitivamente, dos horas después del primer contacto. La maniobra de aterrizaje no era sencilla (un sistema de propulsores y otro de arpones eran necesarios para compensar la poca atracción gravitatoria que genera el cometa) y significaba un paso de gigante con respecto a la misión Deep Impact de NASA, que simplemente perseguía el impacto de una sonda con el cometa Tempel 1 con el objeto de generar una nube de polvo que posteriormente pudo ser analizada por científicos para conocer más datos sobre el origen de nuestro sistema solar. En la retransmisión en directo del aterrizaje, desde el centro de control se realizaron entrevistas a varias personalidades políticas y de la Agencia Espacial Europea, que coincidieron en apuntar que la maniobra de aterrizaje se asimilaba a una película de ciencia ficción. Esta analogía también fue usada en el pasado para describir los “7 minutos de terror”: la maniobra de entrada, deceleración y aterrizaje en la superficie de Marte que realizó automáticamente el robot Curiosity en 2012.

 

Alejandro-Lopez-Ortega¿Cómo se convierte la ciencia ficción en realidad? Gran parte de la respuesta se encuentra en los programas dedicados a la evaluación de conceptos innovadores y visionarios que llevan a cabo las agencias espaciales. Por ejemplo, el programa NIAC (NASA Innovative Advanced Concepts o Conceptos Innovadores Avanzados de la NASA) escoge cada año, de entre las propuestas enviadas por empleados de la NASA, profesores universitarios o empresas aeroespaciales, alrededor de 100 proyectos que reciben una pequeña cantidad (alrededor de cien mil dólares) para estudiar durante un año la viabilidad de los conceptos propuestos. De entre todos los proyectos, algunos son seleccionados para una segunda fase, donde se dispone de una suma más cuantiosa de dinero que permite un desarrollo más detallado de los conceptos propuestos durante un período de dos años. De este modo, mediante una pequeña inversión inicial, que es prácticamente despreciable con respecto al costo de una misión espacial, se consigue un germen de proyectos que con el tiempo pueden llegar al estado de madurez necesario para ser utilizado en futuras misiones espaciales. Imaginemos una sonda espacial que se pudiera acoplar a un cometa y viajar con él a lugares lejanos del sistema solar (por ejemplo Plutón) en un tiempo mucho menor del que se requeriría para llegar allí usando métodos de propulsión tradicionales. ¿Se podría utilizar la energía nuclear de fusión en propulsión espacial?, ¿qué tal una sonda propulsada por un velero solar?, ¿un ascensor fabricado con nanotubos de carbono que llegara desde la superficie del nuestro planeta a la órbita de la Estación Espacial Internacional?, ¿un robot que pudiera hacer “rappel” por superficies verticales en mundo lejanos permitiendo así una extracción de muestras de terreno en lugares difícilmente accesibles?, ¿sería posible la toma de dichas muestras de terreno y su envío a la Tierra de forma económica y segura? Estos son algunos de los proyectos seleccionados en los últimos cuatro años por el programa NIAC. Ahora mismo son ciencia ficción pero con seguridad alguno de ellos se hará realidad en las próximas décadas.

 

Los grandes hitos de la industria espacial están sustentados por la voluntad de cambiar lo que es posible. Entre Deep Impact y Philae, el espectro de lo posible cambió de tener la capacidad de control para dirigir una sonda contra un cometa a tener las herramientas necesarias para no solo dirigirla hacia el cometa sino para aterrizar en él de manera controlada. Gracias a la inversión económica dedicada a la evaluación de nuevos conceptos, la definición de lo que es posible cambia día a día. Con mucha seguridad muchos de los conceptos propuestos se quedarán en el camino, sin embargo la posibilidad de que algunos (quizás un 5 o 10% de ellos) haga posible lo que hoy se piensa como imposible hace que los programas de desarrollo de conceptos innovadores merezcan la pena.

 

Alejandro López Ortega

Doctor en Ingeniería Aeroespacial