La reciente publicación del Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2018 es la ocasión para una breve reflexión ética de fondo. El objeto directo de este informe anual es hacer balance de lo alcanzado en estos tres primeros años de un programa cuyo horizonte se extiende hasta 2030. Pero su lectura servirá además para refrescar nuestra conciencia sobre lo que está en juego tras la Agenda 2030.

Y es que grandes iniciativas como estas, precisamente por su enorme alcance, pasan bastante desapercibidas para el ciudadano de a pie. Las razones son varias: no ve que afecten directamente a su vida, no cree que él pueda aportar nada eficaz para hacer realidad objetivos tan pretenciosos, es algo que escapa al día a día de sus preocupaciones e intereses. Será preciso superar esa estrechez de lo inmediato para abrirnos a otra dimensión: la ciudadanía global, la conciencia ser ciudadanos del mundo.

Si  adoptamos una óptica de horizontes más amplios, la relectura de los Objetivos de Desarrollo Sostenible nos hará profundizar en aspectos esenciales que no es honesto ignorar.

1) Estamos, como hemos empezado diciendo, ante una iniciativa ambiciosa que define unos objetivos y unas metas (17 objetivos que se despliegan en 169 metas) compartidos por todos los gobiernos del mundo. Significa esto que la humanidad toma conciencia de que el futuro de la humanidad no es el mero resultado de acciones descoordinadas, sino que puede ser construido desde la voluntad consensuada de los pueblos. El futuro no es algo que nos encontramos, sino algo que podemos al menos en parte programar.

2) Pero no se trata de un programa impuesto a todos por una autoridad que tiene competencia para hacerlo (como sería el caso de un programa de gobierno en el interior de un país). Es un compromiso de colaboración entre los Estados y sus gobiernos. Esta es la forma de actuar en un escenario político que tiene como premisa la soberanía de los Estados, pero donde las relaciones entre ellos buscan vías que no se reduzcan al poder fáctico de cada uno, sino que se apoyan en el reconocimiento de una igualdad de principio.

3) Para llegar a esos compromisos de colaboración han sido precisos muchos debates: detectar los problemas, identificar sus causas, idear respuestas… Y eso desde ese pluralismo propio de nuestro mundo, que es enriquecedor pero también limitante: porque no permite soñar con coincidencias sin fisuras, ni tampoco ver nuestras propias aspiraciones recogidas al cien por cien. El diálogo y el debate roturan un camino de convergencias, no de coincidencias, que se plasman luego en compromisos recíprocos.

4) Aunque la iniciativa y la responsabilidad más directa es de los gobiernos, hay una pretensión explícita de que esos objetivos y metas sean asumidos, no solo por los organismos internacionales, sino especialmente por todos los agentes sociales y económicos y por las organizaciones de la sociedad civil. Este es el lugar de la ciudadanía global, que nos abre a dimensiones que desbordan nuestra condición de personas privadas o de profesionales: no podemos actuar en esos ámbitos más cercanos ignorando la interacción con ese otro marco englobante, una interacción en la doble dirección (la padecemos, pero también la legitimamos y reforzamos).

5) Este horizonte global y los problemas que en él se detectan cuestionan nuestra vida, nuestros hábitos, nuestra forma de situarnos en el mundo. Un mundo más justo, más humano y menos desigual no puede construirse quedando nosotros inmunes a todo cambio. Esto afecta a nuestra conciencia personal en un nivel más profundo, y es determinante para la educación: una educación que prepara para el futuro tiene que desarrollar una capacidad crítica pero también autocrítica; criticar a los demás sin criticarnos a nosotros mismos resultaría demasiado hipócrita e insostenible.

Ildefonso Camacho SJ | Universidad Loyola AndalucíaIldefonso-Camacho-1-e1536590499592-362x253

Artículo incluido en el número de noviembre de la revista Agenda de la Empresa