El presidente de AC Hotels by Marriot, Antonio Catalán, puso el dedo en la llaga -y apretó- cuando afirmó recientemente que “no se puede pagar tres euros a una camarera de habitación” o “pagar indemnizaciones de 20 días a una plantilla y luego subcontratar los servicios a terceros, porque eso es explotación”. “Si voy a ganar más a base de sacrificar al personal, prefiero ganar menos”, sentenció Catalán. Desde luego, con estas afirmaciones, estoy seguro de que el empresario hotelero se ganó a todo el personal que trabaja en el sector de hoteles, aunque quizá se ganara la enemistad de algún colega empresario del sector o de aquellas empresas que prestan servicios de personal a otros. Desde luego, en un hotel, donde lo principal es el trato personal exquisito con el cliente, las subcontratas se cargarían el negocio. Pero, más allá de los resultados económicos, lo que este empresario de éxito plantea es un modelo de empresa y, por supuesto, de empresario.

Porque no todas las empresas son iguales, ni buscan lo mismo. De hecho, se confunde, generalmente, entre empresa y negocio. Si bien toda empresa genera un negocio, no todo negocio genera una empresa. De igual manera, hay empresarios que hacen negocios sin crear empresa, y hay empresarios que crean empresa haciendo negocio. Alguien que compra un activo para venderlo en el corto plazo se puede decir que es un negociante o incluso empresario, pero que su objetivo es únicamente generar capital, buscar un beneficio para sí mismo, lo cual es muy lícito. Pero dista mucho de ser un empresario que hace empresa, es decir, que buscando un beneficio lícito genera empleo, busca asegurar y acrecentar la actividad de la empresa y, con ella, el desarrollo social y económico de las familias que dependen de su actividad. Pero además, seguramente, el entorno socioeconómico en el que se desenvuelve la empresa también se verá beneficiado por el desarrollo de la empresa en cuestión. ¿Cuántos desarrollos urbanos se han producido por el crecimiento de una empresa?

La finalidad de una empresa no es hacer feliz a la gente. Pero si en una empresa, las personas que trabajan en ella no son felices o no se realizan acabarán marchándose, a no ser que no tengan más remedio que quedarse. Entenderán que empresas donde su personal no está motivado, difícilmente podrán desarrollarse como tales. Así es que, de alguna manera, el empresario tiene que preocuparse de que el personal esté motivado y les dé las herramientas para que puedan desarrollarse como personas. Eso es bueno para todos. Y en este contexto, un salario justo es lo idóneo. Por eso, Antonio Catalán dice que prefiere ganar menos a sacrificar a su personal. Porque tiene en cuenta un concepto de empresa más completo, más integral, más ajustado a la realidad de lo que es una organización de este tipo, que no consiste sólo en ganar dinero.

Una empresa de éxito no siempre es una buena empresa. O un empresario de éxito tampoco siempre es una buena persona. Por deformación, se suele calificar de empresario de éxito al directivo que ha cumplido su plan de negocio y ha hecho ganar mucho dinero a su empresa. O ha cerrado una operación muy beneficiosa. Y esto, sin duda, está muy bien. Pero esas cosas hay que analizarlas con más profundidad. Generalmente, el directivo -que es contratado por un empresario o por unos socios capitalistas- mira más al corto y medio plazo que al largo plazo. Y no siempre un resultado exitoso es bueno para el largo plazo, que es como los empresarios que quieren hacer empresa miran las operaciones.

El buen empresario mira más por los intereses generales de la empresa y de su gente, no por los suyos propios. El directivo mira por los intereses propios y el de sus accionistas, que lo que quieren es rentabilidad alta y a corto plazo, por lo general. Este objetivo marca mucho la diferencia entre empresas, empresarios y directivos. Y, en general, un buen empresario siempre generará una buena empresa.

Fernando Seco

Presidente de la Asociación de Empresarios del Sur de España, CESUR