“¡En mala hora nací, Horacio, para poder remediar estos yerros! Pero no te adelantes. Caminemos juntos”. Shakespeare: Hamlet, Escena IV.

Como cada año, Agenda de la Empresa nos invita a acudir al refugio de la memoria para revivirlo desde nuestra particular perspectiva analítica. Ciertamente 2017 ha sido pródigo en efemérides de gran calado “histórico”; así, a título de ejemplo, centenario de la revolución rusa, quadragésimo aniversario de la Ley para la Reforma Política, de la Ley sobre regulación del Derecho de Asociación Sindical, de la celebración de las primeras elecciones democráticas postfranquistas, etc., pudiendo haber servido cualquiera de ellas como eje discursivo de nuestra aportación. Pero permítanme que repare en el hecho de que, durante este año, el Consejo Económico y Social de Andalucía ha asistido a sus propias efemérides: el vigésimo aniversario de la promulgación de su ley reguladora y el décimo de su configuración por nuestro Estatuto de autonomía como institución de autogobierno, con el preciso significado político-jurídico que tal caracterización comporta.

En el CES de Andalucía, cada día del año hemos trabajado en la construcción de la democracia deliberativa, en el fértil debate de posturas contrapuestas en que se defienden los argumentos no por propios, sino por buenos, y dispuestos a atender a la verdad del otro para buscar los espacios de confluencia con la nuestra. Aunar esfuerzos para alcanzar, más allá de los intereses particulares, objetivos y propuestas comunes para superar situaciones de dificultades económicas y avanzar en el desarrollo económico y social de Andalucía no hace más que dotar de razón a la política. Y ese ha sido, un año más, nuestro empeño. No se entienda como discurso “pro domo sua” lo que no es otra cosa que nuestro afán en afianzar la idea de que el intercambio de argumentos entre miembros de una sociedad es la base de la libertad y de la calidad de la democracia, así como un nuevo momento para renovar nuestra convicción en el consenso deliberativo.

Y es que, de un tiempo a esta parte, rememoro con frecuencia la acerada, y acertada, crítica de Habermas a la ambigüedad e indefinición de las consecuencias políticas aparejada a tantos discursos posmodernos, privados de la posibilidad de fundamentar un programa práctico o político, una alternativa a la sociedad que rechazan. La crítica se me antoja aún más certera cuando advierte que a sus apariencias radicales subyace la inocuidad, sirviendo solo para adornar, con meras actitudes de subversión irracionalista e individualista, un mundo que puede seguir siendo cómodamente dominado por el poder económico. Igualmente perversos resultan, como ha advertido Timothy Snyder, los discursos que se aquietan a la política de la inevitabilidad, que inducen al coma intelectual; y, aún más, a la política de la eternidad, de efectos hipnóticos, pues hace que se mire la espiral del mito cíclico hasta caer en trance, dejando preparada a la gente para que se les ordene.

La experiencia histórica enseña que todos los enemigos de la libertad lo fueron también de las organizaciones de intereses, de la articulación de la sociedad civil en espacios de poder intermedios, y la reacción de los poderes estatales frente a las mismas, desde la prohibición hasta la instrumentalización. Una relación jalonada de momentos dramáticos, al punto que, descriptivamente, se haya afirmado que muchas “utopías”, en su inquina a la expresión libre de intereses colectivos, llenaron la tierra de cadáveres.

Hace ya bastantes años que Honoré de Balzac sentenció que la resignación es un suicidio cotidiano, reflexión recogida en una obra de evocador título “Las ilusiones perdidas”, por eso, hay que reivindicar el valor de las decisiones participadas y, desde esta tribuna, invito a fundar “nuevas ilusiones” en el papel de la participación institucional de la ciudadanía y de las organizaciones que articulan sus intereses económicos y sociales, en la necesidad de superar el retraimiento ante las realidades como algo inevitable, idea tan querida a muchos discursos políticamente imperantes. Todos somos responsables de lo que nos pase, por eso todos tenemos que participar en la construcción del futuro.

Por eso, desde el CES enfatizamos el valor del diálogo social, de procesos que comportan el encuentro entre diferentes formas de poder político, pues no todo poder político es “poder público”, y abogamos por el valor de los acuerdos entre los interlocutores sociales y los gobiernos, porque la transacción actúa sobre las mutuas contrapartidas, haciéndose así presentes en el espacio de los público los intereses de la ciudadanía, en procesos públicos y transparentes que, inequívocamente, contribuyen a una mejor realización de la idea democrática para la que, también, es necesario el fortalecimiento de las instituciones de la sociedad civil y el compromiso participativo de la ciudadanía.

Ángel Gallego Morales

Presidente del Consejo Económico y Social de Andalucía