Vivo en Barcelona y desde el balcón de mi casa tenemos unas vistas impresionantes hacia la sierra de Collserola, una zona montañosa delimitada por las cuencas de los ríos Besós y Llobregat, que está al norte de la ciudad y la limita por esa zona como el mar lo hace por el sur. En esta sierra está el conocido parque de atracciones del Tibidabo que recibe su nombre del pico más alto (551 metros) de dicha sierra, también está el templo del Sagrado Corazón y, entre otras construcciones, la “torre de Collserola”.

La torre de Collserola, de 288 metros de altura y 3.000 toneladas de peso, es una torre de telecomunicaciones de hormigón, acero y kevlar diseñada por el arquitecto Norman Foster, que la definió como “Un nuevo símbolo para la ciudad, una torre constante en su lugar y a la vez cambiante según el momento y la perspectiva”, cuya primera piedra se puso en 1990 y se inauguró en junio de 1992 justo antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

La manera en que los barceloneses miramos hacia la impresionante obra de Foster cambió a partir del 11 de septiembre de 2001, cuando menos durante un periodo no corto de tiempo. Antes la fatídica fecha, al igual que cuando abríamos un grifo no se nos ocurría pensar que no iba a salir agua por él, cuando al mirar hacia la torre y veíamos pasar un avión no se nos ocurría ponerlos en relación. Después del atentado de las Torres Gemelas y me da la sensación que por lo menos durante algunos años cuando los barceloneses al mirar hacia el norte y ver en el mismo plano un avión y la obra de Foster por unos instantes nos invadía la preocupación, si no el miedo, de que se fuera a producir una colisión “voluntaria”.

Tales fueron los efectos psicológicos del 11-S ya no en los Estados Unidos de Norteamérica si no a nivel global que más de un autor afirma que el siglo XXI empieza realmente con el 11-S.

En estas semanas, en Barcelona como en el resto de España, estamos en cuarentena por el Covid-19, lo que hace que salgamos al balcón más a menudo ya que no salimos a la calle. Seguimos viendo la torre de Collserola incluso mejor que antes los días que no hay nubes, pues la contaminación ha disminuido notablemente, pero ya no vemos aviones ni cerca ni lejos y lo que es más impactante y extraño, cuando descendemos la vista a la calle, apenas vemos movimiento, si acaso algunas pocas personas paseando a sus perros o con sus perros (que se me antoja distinto) que al cruzarse a diferencia que de costumbre se alejan unas de otras.

Y me pregunto, al igual que tras lo de las Torres Gemelas: ¿durante cuánto tiempo tendremos esa extraña sensación de peligro, no al volar un avión cerca de una torre, si no al pasear por la calle y acercarnos a otra persona?

Si está claro que el mundo cambió tras el 11-S, con más motivo lo va a hacer como consecuencia de los efectos de esta pandemia, y quizás una de las diferencias entre uno y otro evento estriba en que en el caso actual la amenaza y la defensa, en parte, está en cada uno de nosotros.

Dado que todos podemos ser a la vez causa del problema y solución, minimicemos las posibilidades de “colisión” llevando a cabo una conducta tan sencilla y complicada a la vez: #QUEDATEENCASA.

Habrá valido la pena el sacrificio cuando todo esto haya pasado y salgamos de nuevo a pasear sin miedo a las distancias cortas, a la vez que vemos de nuevo a algunos aviones volando “cerca” de la torre de Collserola en su aproximación al aeropuerto de Barcelona.

Álvaro Vioque

Mm4edu

mktg.&management for education

@AlvaroVioqueG

Artículo incluido en la revista de abril de Agenda de la Empresa