En España, según los últimos datos(1) proporcionados por el Ministerio de Educación y Formación Profesional, la estimación de alumnos para este curso que acaba de comenzar 2020-2021 es de 8.294.270 en las enseñanzas de régimen general no universitarias, de los cuales el 20,7% (1.718.905 alumnos) lo son de educación infantil, es decir de 0 a 5 años.

Siguiendo con cifras, 724.803 profesores son los principales depositarios de la responsabilidad de no solo enseñar a estos más de ocho millones de niños y niñas, sino hacer que nuestros hijos aprendan.

Y no olvidemos, al tercer lado de este triángulo, las familias, los padres, madres, hermanos, abuelos y tíos de estos niños.

Teniendo las anteriores cifras en mente dejadme que os comparta un concepto -trauma infantil- y a la vez una realidad avalada por numerosos estudios.

A la mayoría de las personas la palabra trauma, y más si va asociada a infantil, nos asusta, de inicio nos pone a la defensiva y nuestra primera reacción es: “seguro que no tengo relación con esto”. Vamos a ver que las actuales circunstancias de COVID-19 no avalan esta reacción y más bien nos aconsejan actuar para prevenir.

Definamos trauma: “El trauma es una respuesta emocional a un evento intenso que representa una amenaza o que causa daño. El daño puede ser físico o emocional, real o percibido, y puede representar una amenaza para el niño o para una persona cercana a él”(2) . El trauma puede ser el resultado de un evento aislado o puede ser consecuencia de una serie de eventos a través del tiempo y la respuesta de un niño a estos eventos potencialmente traumatizantes variará dependiendo de sus características (edad, etapa de desarrollo, personalidad, inteligencia e historia previa de trauma), entorno (apoyo escolar y familiar) y experiencia (por ejemplo, relación con el familiar afectado). ¿Os suenan las circunstancias?

El estrés, la incertidumbre y las circunstancias difíciles creadas por la amenaza del COVID-19 son difíciles para las familias (en las que están profesores y profesoras) y por ende para los niños (varios millones en España, y más de dos mil trescientos millones(3)  a nivel mundial).

Cuando los niños enfrentan estrés y circunstancias de vida difíciles potencialmente traumáticas les puede afectar a su sensación de seguridad, a sus sentimientos de conexión, y a sus sentimientos de esperanza y lo cierto es que no se me ocurre ninguna de estas tres sensaciones que no puedan darse en la situación actual.

Cerrando el círculo, el trauma infantil y el estrés asociado al mismo puede tener un impacto directo, inmediato y potencialmente devastador en la capacidad de aprendizaje de un niño. Está documentado que la reacción de un niño al trauma puede interferir con el desarrollo, el aprendizaje y el comportamiento del cerebro, todo lo cual tiene un impacto en el éxito académico del niño, así como en su entorno educativo en general. Le puede provocar dificultad para pensar, aprender y concentrarse, problemas de memoria y dificultad para cambiar de una actividad o pensamiento a otro.

Conclusión: las escuelas deben desempeñar un papel clave para minimizar el impacto de las consecuencias de los eventos adversos ocasionados por el COVID en los niños y así mismo educar a las familias. ¿Cómo podemos lograrlo? Proporcionando a los docentes estrategias, tácticas y herramientas que se lo facilite. ¿Existen? Desde luego y George Lucas lo sabe. No hay más que navegar por el universo de la George Lucas Educational Foundation y, por ejemplo, buscar “Trauma Informed Education”.

Lo recomiendo(4).

(1) http://ow.ly/uu9z50BJvkg 
(2) Child Welfare Information Gateway. (2016). 
La crianza de un niño que ha experimentado trauma. Washington, DC: U.S.
Department of Health and Human Services, Children’s Bureau
(3) https://www.unicef.org/media/62486/file/Estado-mundial-de-la-infancia-2019.pdf
(4) https://www.edutopia.org/search?query=trauma%20informed-education

Álvaro Vioque

Mm4edu

mktg.&management for education

@AlvaroVioqueG

Artículo incluido en la edición de octubre de Agenda de la Empresa