¿Os suena esta afirmación en boca de un mando intermedio de cualquiera de las empresas que conocéis? Pues seguramente no es muy habitual.

Sin embargo, sí que lo es entre los mandos medios de las instituciones educativas. Me estoy refiriendo a jefes de departamento, coordinadores pedagógicos, responsables de tutores, etc.

Previamente al diseño de cualquier programa de desarrollo para los equipos directivos de centros educativos, nos reunimos de manera individual con cada uno de los componentes para, entre otras cosas, entender su rol real e integrar las diferentes sensibilidades existentes, motivaciones, aspiraciones, preocupaciones, identidad compartida, etc. A la pregunta de ¿qué hace una persona como tú en un sitio como este?, hay una serie de respuestas que, con diferente formulación, pero de manera constante y casi unánime, se repite: “yo no quería, pero me ha tocado”, “a mí no me gusta ser jefe”, “yo soy un compañero más”. Y a continuación vienen las derivadas: “mis compañeros ya no me cuentan las mismas cosas que antes”, “desde que soy jefe han creado otro grupo de WhatsApp”, “cuando llego al bar a tomar café cambian de tema”.

Mi empeño es proporcionar a los líderes educativos, como hacemos con los del mundo de la empresa, (los colegios, cuando menos los privados, sean concertados o no, religiosos o laicos, son tan empresas “como cualquier otra”) el acceso a los conocimientos, estrategias, procesos y herramientas que funcionan y tienen éxito.

¿Qué significa que tienen éxito? Que ayudan a las organizaciones en las que trabajan para que, a partir de su identidad, refuercen la cultura y tengan la mejor estructura organizativa que les permita proporcionar la mejor experiencia de aprendizaje a sus alumnos, y que lógicamente esa experiencia sea coincidente con lo que prometen a los padres que van a hacer. En definitiva, conseguir sus objetivos. Lo que en el mundo de la empresa sería aspirar a un crecimiento rentable y sostenible, en el mundo de la educación debe ser la mejora del proceso de enseñanza y aprendizaje y que sus alumnos aprendan más y mejor, a la vez que cierran o disminuyen la brecha entre los que más y los que menos aprenden.

Lo anterior, que no es ni más ni menos que alinear la estrategia del colegio con la identidad, para que tenga un reflejo en el aula a través de todos los docentes, es imposible llevarlo a cabo sin contar con unos directivos comprometidos, que lo están, pero a la vez convencidos de la importancia de su rol.

Por mi experiencia, en la educación general no universitaria en España tenemos una deuda con los directivos educativos. Una deuda, en el sentido de llevarlos al convencimiento o reforzar el existente de que son imprescindibles, que sin ellos el liderazgo educativo no es posible, y que está demostrado que, tras la labor en el aula del docente, el segundo factor con más impacto positivo en la mejora de los resultados de los alumnos es un liderazgo educativo efectivo. No lo digo yo, lo dicen, entre otros, Leithwood, Day, Sammons, Harris and Hopkins en su publicación Liderazgo educativo exitoso: qué es y cómo influencia en el aprendizaje del alumno(1).

“Los directivos educativos tienen que sentirse y reclamarse importantes y por una simple razón, porque lo son. Desempeñan un rol imprescindible e insustituible, un liderazgo educativo que pueden compartir mediante el ejemplo con el resto de la comunidad educativa y que se refleja (y está soportado por datos) en unos equipos docentes más desarrollados y fidelizados y en definitiva en unos mejores resultados de los alumnos, al final la razón de ser de todo este maravilloso entramado que es la educación(2).

(1) Leithwood, K., Day, C., Sammons, P., Harris, A. & Hopkins, D.
(2006). Successful School Leadership: What it is and how it influences pupil learning
(2)    https://mm4edu.com/escuelas-que-mejoran-cronicas-de-bett2020/ 

Álvaro Vioque

Mm4edu

mktg.&management for education

@AlvaroVioqueG

Artículo incluido en la edición de noviembre de Agenda de la Empresa