Es martes 22 de octubre, martes de la semana siguiente a la de los graves sucesos acaecidos en Barcelona.

Son las 7:30 de la mañana y me dirijo hacia una de las cafeterías de la Terminal 1 del aeropuerto de Barcelona para tomar un café antes de emprender un vuelo de ida y vuelta en el día a Sevilla, cuando se escucha por la megafonía del aeropuerto: “Bienvenidos a la Terminal 1 del aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona- El Prat”.

Oír la alocución de bienvenida me genera una serie de reflexiones. Los hechos acaecidos y que en menor intensidad todavía perduran tienen la virtud de mantenerte en un estado de vigilia que ocupan parte de tus pensamientos, en cierta medida, más tiempo del que deberían.

Primera reflexión: suena irónico el mensaje y en cierto modo es casi un oxímoron al contraponer el concepto de bienvenida con los acontecimientos que esperaron a los viajeros que llegaron a este aeropuerto la semana pasada. No hablo de oídas, vivo en Barcelona.

Segunda reflexión: al oír el nombre del aeropuerto recuerdo lo que en su día dijo precisamente Josep Tarradellas, cuando en una entrevista en el año 1980(1) le preguntaban sobre su por entonces más que posible sucesor en el Palau de la Generalitat, Jordi Pujol, y las posibles consecuencias del caso Banca Catalana. Se despachó con una profecía. “Conociendo al personaje, yo lo tengo claro… Mire, amigo mío, este hombre en cuanto estalle el escándalo de su banco se liará la estelada a su cuerpo y se hará víctima del centralismo de Madrid… Ya lo estoy viendo: ‘Catalans, España nos roba… No nos dan ni la mitad de lo que nosotros les damos y además pisotean nuestra lengua… Catalans, ¡Visca Catalunya!’. Sí, esa será su política en cuanto llegue a la Presidencia, el victimismo y el nacionalismo a ultranza”.

La profecía de Tarradellas y los descubrimientos de las actividades del clan Pujol son casi una demostración -de karma negativo- de la teoría de puntos de Steve Jobs: “No puedes conectar los puntos mirando hacia adelante; solo puedes hacerlo mirando hacia atrás. Así que tienes que confiar en que los puntos se conectarán de alguna forma en el futuro”.

Teoría que cuando tiene que ver con los nacionalismos es casi infalible. No le faltaba parte de razón a Stefan Zweig(2) cuando escribía que vio nacer y expandirse “las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”.

Tercera reflexión: la situación que se está viviendo en Cataluña en parte me recuerda a Manuel Azaña(3) cuando en febrero de 1936, y tras reunirse con Lluis Companys y sus consejeros que acababan de salir del penal del Puerto de Santa María y del de Cartagena tras haber sido amnistiados por el mismo, decía: “estos catalanes parecen chiquillos y me dan mucho que hacer para traerlos al buen sentido”.

Se ve que octubre tiene algo de especial. Octubre de 1934, octubre de 2017 y es en octubre de 2019 cuando de nuevo son los mismos actores o cuando menos la misma “compañía” (si de teatro habláramos) la que vuelve a representar una obra similar.

A ver qué tal, octubre de 2020.

(1) Quien pone en boca de Tarradellas esta frase es el periodista Julio Merino, en aquella época director del Diario de Barcelona –El Brusi–

(2) El mundo de ayer: memorias de un Europeo, Stefan Zweig  (1942). Editorial Los Acantilados

(3) Azaña y Cataluña. Historia de un desencuentro, Josep Contreras (2008). Editorial Edhasa

Álvaro Vioque

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