Mientras nuestros colegas de Chile se están planteando eliminar la Filosofía dentro de las materias “troncales” de grado universitario, pues va y se nos muere Stephen Hawking; alguien que era mucho más que un científico y que puso en evidencia muchos de los dogmas del origen de los tiempos revolucionando la cosmología, seguramente gracias a su mente privilegiada y a su enorme capacidad creativa complementada con una inteligencia lógico- matemática excepcional.

Una de las grandes verdades de Hawking era poner en evidencia tanto la vulnerabilidad como la insignificancia de la humanidad comparada con el Universo, llegando a bromear sobre su enfermedad al afirmar que una discapacidad no tiene ninguna importancia cósmica. Obvió decir que todos padecemos alguna discapacidad, no basta con tenerse en pie y tener cierta salud, porque aquel que no sabe sonreír o carece de empatía o, mucho peor, el que no sabe pensar, me parece muchísimo más grave que otras limitaciones físicas. No obstante, una de sus afirmaciones “la inteligencia es la habilidad para adaptarse a los cambios” me viene como anillo al dedo, porque estamos en ello todas las empresas y sobre todo los profesionales más listos, pues los que ni siquiera se lo plantean, peor para ellos.

Vivimos  rodeados de tópicos, de directrices, también de métodos y organizaciones convencionales y, a menudo, volcados en querer ser tan eficientes, que nos hemos olvidado de aprender a gestionar a las personas; o lo que es peor, no tenemos en cuenta que lo más importante de nuestro trabajo no es otra cosa que gestionar el tiempo de los demás, lo que en términos de eficiencia productiva significa, cómo optimizar aquellas operaciones que no producen valor añadido, esos tiempos muertos que se pierden a menudo en protocolos duplicados, movilizaciones sin sentido, extra documentación, previsiones que se alteran, análisis o reuniones o aquel recurso de “con copia a todos” que no sirve para nada, porque no nos hemos parado a pensar, y de paso provocar que lo hagan todos, para mejorar el sistema que estamos aplicando todos los días.

A lo mejor me toca a mí defender la Filosofía, pero les aseguro  que si ya es grave  que la mayoría de los alumnos que recibo en “competencias transversales” desconozca qué significa la inteligencia emocional, se comunique poco y mal, incluso que tenga dificultades para escribir correctamente o se vea incapaz de esbozar un razonamiento estructurado, o sea, con su presentación, nudo argumental, resolución y final, sólo falta que además se pretenda decapitar -es la mejor expresión que se me ocurre- la Filosofía que es la ciencia que nos ayuda a aprender a pensar, a dudar y a elaborar criterios propios.

Decía el profesor Hawking que en el fondo no somos más que monos que nos planteamos nuestro lugar en el Universo, interpretando que deberíamos ser capaces de plantearnos un sentido de nuestra existencia. Pero difícilmente podemos asumir este reto si no somos capaces de utilizar el talento que cada uno de nosotros posee para conocerse mejor y descubrir cómo utilizarlo mejor a través de un razonamiento individual. Como dirían los filósofos estoicos, para aspirar a la libertad -porque sólo puedes gobernar tu vida, tu trabajo o tu proyecto si realmente lo conoces, y para ello debes utilizar tu mente para pensar y tratar de comprender lo que está pasando-, la suerte es que siempre es mejor vivir tus propios sueños, aunque te equivoques, que hacerlo con los sueños de los demás, pues como diría Hawking: “la gente no tendrá tiempo para ti si siempre estás cabreado y quejándote”.

Miquel Bonet

Abogado, profesor, autor de “Búscate la vida”