La relación entre el número de accidentes y misiones  exitosas nos muestra la madurez de un determinado sector industrial. Por ejemplo, la industria de aviación civil ha conseguido rebajar en menos de un siglo de vida este ratio a números insignificantes, hasta el punto de que las tragedias aéreas no son más que casos puntuales. La industria espacial esta lejos de alcanzar este grado de madurez, como demuestra la explosión a pocos segundos del despegue de la lanzadera de carga Antares el pasado 28 de octubre en el centro de lanzamientos de Wallops Island. Otro ejemplo es el programa de la lanzadera espacial estadounidense Space Shuttle, con dos misiones fallidas (con 7 astronautas fallecidos en cada una de ellas) de un total de 135, número que palidece ante el ratio de accidentes de avión que se sitúa en 1.5 muertes por cada 100 millones de horas de vuelo.

 

Alejandro-Lopez-OrtegaEl suceso del Antares es sin embargo un caso peculiar, ya que se trata de una lanzadera diseñada y construida por una empresa privada (Orbital Sciences) en contrato con la NASA. La iniciativa privada ha entrado gradualmente en la carrera espacial pero siempre haciéndose cargo de las misiones que disponen de tecnologías más maduras (como por ejemplo los lanzamientos) mientras que la NASA se sigue haciendo cargo de la exploración espacial y el desarrollo de nuevas tecnologías. Esto nos indica que incluso cuando se trata de tecnologías que se consideran suficientemente desarrolladas, el riesgo de fallo sigue siendo bastante alto. En el caso del Antares, sus motores (la hipótesis actual es un fallo las bombas de alimentación de combustible) heredaban tecnología de la Unión Soviética que ha sido utilizada con éxito durante varias décadas.

 

Las razones del número de misiones accidentadas en la carrera espacial son varias. En primer lugar, se trata de una industria con una producción pequeña por lo cual es difícil detectar fallos en la fabricación. Si un determinado modelo de automóvil posee un elemento defectuoso, es fácil de encontrar ya que la producción en serie hace que el problema surja por simple ley de probabilidades en alguna de las unidades fabricadas. Este no es el caso de la industria espacial donde cada vehículo espacial es único. Los cohetes lanzaderas son los únicos elementos de una misión espacial que se fabrican relativamente en serie, pero aún así el número de lanzamientos es muy reducido. En segundo lugar, la industria espacial se encuentra constantemente empujando el borde de lo desconocido, lo cual aumenta exponencialmente el riesgo. Este aspecto no es diferente al de los primeros días de la aviación, donde se estima que, el aproximadamente, el 65% de los primeros pilotos postales en Estados Unidos murieron en un accidente de avión. Por último, han existido grandes errores humanos, como el que propició la destrucción de la sonda Mars Climate Orbiter cuando se cometió un error en el cambio de unidades desde el sistema imperial al métrico. Desde entonces, la NASA utiliza exclusivamente el sistema métrico en todos los documentos oficiales.

 

Con total seguridad, el accidente del Antares no será el último en la carrera espacial. Las características de las misiones y el gran riesgo que conllevan hacen imposible llegar a unos niveles de éxito similares a los de otras industrias más maduras. Sin embargo, el proceso de prueba y error es inherente al desarrollo humano y lo máximo que los ingenieros podemos hacer es mitigar los riesgos y aprender de los errores. Aun tratándose de un enorme fracaso, el gran impacto mediático que ha tenido esta noticia, al igual que tuvieron éxitos recientes como la llegada del Mars Science Laboratory a Marte, demuestra que la sociedad sigue interesada por los acontecimientos de la carrera espacial.

 

Alejandro López Ortega

Doctor en Ingeniería Aeroespacial