Para investigar la verdad es preciso, en la medida de lo posible, dudar de todas las cosas una vez en la vida (René Descartes)

Miguel Fernandez de los RonderosHace unos meses, el Instituto Cervantes editaba esta utilísima guía de consulta cuya finalidad es solventar las dudas más comunes del idioma, ayudando a resolver las incertidumbres que se le presentan al usuario que quiere seguir los usos considerados correctos y ajustarse a la norma culta del español. Tantas dudas o incertidumbres como hablantes (500 millones o más) en una lengua que cada día cuidamos menos, resumidas en 500 casos no elegidos al azar, que recogen consultas frecuentes, tropiezos y trabalenguas en los que caemos a menudo. Aunque para Víctor García de la Concha, director del Cervantes, habría que dar un paso más y emprender una campaña: «No maltrate usted el español. Hable y escriba bien». En su opinión, «usamos un español zarrapastroso». Todos sabemos que no es lo mismo hablar coloquialmente que en un discurso, pero lo que está ocurriendo es que «el lenguaje conversacional se ha deslenguado. Somos todos unos deslenguados», de modo que el ciudadano que habla peor, según de la Concha, «es menos libre y está empobrecido, ya que la riqueza lingüística de la persona no va al terreno de la erudición; se trata de un problema que afecta al ser. Somos lengua y si nuestra lengua se degrada, se degrada nuestro ser». Quien suscribe da fe de que la vida social comportaba antes ciertos condicionamientos. Hoy un chico o una chica de 14 o 16 hablan  como un carretero (con el respeto que merecen los carreteros, que era una profesión muy digna), pero trabajaban con las bestias y no les decían: «Caballo, adelante, por favor». Ni tampoco el mentado carretero invocaba a la virgen María o a los santos cuando se rompía una rueda en la solana de la llanura de la Mancha. Hoy día, el vocabulario soez, escatológico (en el sentido negativo del término), que utiliza la boca a modo de letrina, se ha impuesto como norma en el habla cotidiana, incluso en la radio y la televisión, que no dudan en emplear un lenguaje chabacano si con ello ‘estimulan la comprensión’ del oyente cutre y semianalfabeto. Paradójicamente, el uso del lenguaje obsceno no se circunscribe a las capas humildes de la sociedad  -lo cual sería explicable, hasta cierto punto- sino que es empleado con fruición por personas a quienes cabría exigir un mayor compromiso de respeto y contención verbal.

Y en lo que respecta a la fragmentación que provocan el SMS y el Twitter –que utilizan un lenguaje convencional- los lingüistas coinciden en que se trata de un fenómeno menos peligroso, aún admitiendo que en los últimos años internet y el uso de los teléfonos móviles han acelerado el proceso de mutación y han traído consigo numerosos cambios significativos, variando la forma en la que nos comunicamos. El lenguaje está más vivo que nunca y el esfuerzo de resumir las infinitas dudas en las 500 ha sido ímprobo por parte de  Florentino Paredes García, Salvador Álvaro García y Luna Paredes Zurdo, afortunados autores de un libro de consulta sustentado en el lema «dudar es comenzar a acertar».

Quienes, al margen de una modesta labor periodística, hemos dedicado nuestra vida a la docencia, creemos estar legitimados para dar la bienvenida a este excelente auxiliar, algunas de cuyas ‘dudas’, que nos han embargado en más de una ocasión, serán objeto de análisis en un próximo artículo. Se trata, en definitiva, de un libro que da gusto hojear (y ojear), a la caza de nuestros propios errores.

Miguel Fernández de los Ronderos