Hoy es jornada de reflexión previa a las elecciones generales de mañana, 20 de diciembre. Su objetivo: crear un ambiente de sosiego para pensar cuál será nuestro voto, si es que no está decidido ya. Pero puede servirnos también, no para pensar lo que haremos mañana, sino para reflexionar sobre lo que hemos vivido estos días de campaña, que es quizás reflejo de cómo vivimos, en general, la política.

Ha cesado el fragor de la “batalla”. ¿No tenemos la impresión de que ha estado marcada por la artificialidad? Los actos, las puestas en escena públicas, los mensajes emitidos, todo ello sonaba a cosa pensada para convencer a los convencidos y para desautorizar a los adversarios.

Detrás del entusiasmo mostrado por los candidatos y sus cohortes se adivinaba la obsesión por anular el discurso del contrincante y por denigrar su persona. Y detrás de los numerosos asistentes “enardecidos”, la aceptación resignada a actuar como “comparsa”…

Foto-Ildefonso-CamachoAnte todo esto surgen no pocas preguntas. ¿Ayuda esto a decidir responsablemente a multitud de ciudadanos que contemplan el espectáculo entre el escepticismo y la impaciencia (por aquello de las cuotas de pantalla)? ¿No hay otra forma para informar y motivar al ciudadano? ¿Dignifica todo esto a la política y a los políticos?

Porque hay que reconocer en quien esto escribe, aunque parezca en contradicción con todo lo anterior, un respeto y un aprecio incuestionables hacia la política. No tenemos otra forma de organizar la convivencia en sociedades complejas y plurales como las nuestras que encargar a algunos de nosotros que establezcan unas reglas del juego que garanticen una convivencia en igualdad para todos; con ese fin, además, los dotamos de unos medios y legitimamos un poder para ellos que aspira a estar por encima de todos los demás poderes fácticos.

Quizás entonces lo propio de la política -y ahí reside su grandeza- es estar por encima de todas las demás actividades que, espontáneamente, en la sociedad se generan: ser radicalmente diferente porque se mueve en un nivel que quiere estar por encima de todos los demás, precisamente para permitir que todos estos funcionen con normalidad y seguridad.

Por eso el poder político, a diferencia de todos los otros poderes, tiene que estar, por su misma esencia, al servicio de la sociedad; igualmente ocurre con los medios que se le facilitan (empezando por los económicos).

Cuando uno mira a la realidad política, lo que encuentra es bien distinto. Percibe que la política se reduce a una actividad como las otras. Una política mercantilizada, reducida a mercado: se venden promesas a cambio de votos.

De este modo salen siempre ganando los colectivos con más fuerza social, que son los que pueden aportar más votos a las promesas electorales. Y las promesas se vehiculan a través de una cuidada construcción de la imagen con la que cada uno sube al escenario… Este olvido de lo específico de la política ¿no la condena a quedar reducida a “más de lo mismo”?

Estas consideraciones en la jornada de reflexión nos abren a una pregunta más: la raíz última del problema ¿está en los políticos (a los que tantas veces se critica, frecuentemente con razón) o está en la sociedad toda? Porque todos entramos en el juego: nos interesamos sólo de nuestros intereses particulares y por cómo quedan atendidos en los programas y en las promesas.

Es casi un tópico decir que la política encuentra su razón de ser en estar al servicio de la sociedad, pero lo que cada ciudadano busca en ella (y lo que le exige a los candidatos) es que se ponga al servicio de los grupos con los que cada uno se siente vinculado…

Hoy asistimos a nuevas propuestas que quieren ser alternativas, no sólo en sus ofertas concretas, sino en la manera misma de hacer política. ¿Es posible esperar que sean un revulsivo ante ese deterioro incontenible de la política, que todos percibimos, unas veces agresivamente y otras con inquietud? Hoy se habla mucho de sociedad civil: ¿tendrá que partir de ahí el principal revulsivo para re-dignificar la política y hacerla volver a lo que de verdad la justifica?

 

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía