“Camarena es sencillamente el tenor joven más emocionante en la actualidad. El tenor mejicano tiene una voz tan pura y brillante como el oro. Está en el camino de convertirse en la próxima súper estrella de la ópera mundial”. (Wilborn Hampton, The Huffington Post)

 –  Ante un público entusiasta y entregado, menos numeroso de lo que cabría esperar ante la actuación de una de las figuras indiscutibles de la lírica internacional -las cifras rondan dos tercios del aforo, lo que significa que se quedaron sin vender unas 700 localidades, la presencia de Camarena  en el coliseo sevillano había despertado notable interés en una época en la que no abundan lo que podríamos llamar “los ases de la lírica”. Desaparecidas o en trance de desaparecer las figuras que, durante años, apasionaron al público y encendieron una sana rivalidad, aquellos cantantes de antaño, cuyos nombres resulta innecesario evocar, despertaban pasiones y alimentaban la controversia. Uno de los personajes de lo que podría llamarse “relevo generacional” es, sin duda, el mejicano Javier Camarena, cuya tesitura responde a la clásica definición de “voz natural más aguda del hombre”, que nada tiene que ver con la voz del falsete, asimismo propia del hombre pero artificial en su esencia.

Como bien afirma el crítico Carlos Tarín en sus interesantes notas al programa –una especie de pedagogía complementaria que, más allá de la cortesía,  merece atención por parte del aficionado- Camarena eligió páginas infrecuentes que se remontan, por ejemplo, a ese personaje singular que fue Manuel García (“español, gitano y fuera de la ley”), en una de  sus composiciones más célebres, pertenecientes a El poeta calculista y su diabólica “Gran aria”, al que seguirían fragmentos de Mozart, Rossini, Donizetti y Verdi, a lo largo de un repertorio que, huyendo de lugares comunes, destacaba rasgos infrecuentemente advertidos.

Asimismo, es preciso destacar, por la singularidad de ejecución y la complejidad técnica del compromiso, la titánica labor de Ángel Rodríguez, joven pianista y compositor, de envidiable currículo, cuya personalidad me recuerda a ese otro gran profesional de la colaboración pianística, Miguel Zanetti, para quien la manida expresión de ‘pianista acompañante’ no dejaba de ser una muestra de ignorancia manifiesta y un menosprecio inadmisible. Así lo entendió el público, que disfrutó de lo lindo con la actuación de ambos músicos –tenor y pianista- cuya compenetración resultó esencial en el éxito de una gratísima velada, generosamente prolongada con numerosas ‘propinas’.

MFR