No puedo negar que me pongo nervioso cuando oigo a algunos decir, y frecuentemente con una rabia incontenida, que en España estamos volviendo al franquismo. Lo menos que se me ocurre pensar: los que así hablan no vivieron el franquismo, no tienen ni idea de lo que fue… El avance que se ha producido en las cuatro décadas largas que no separan de 1975 es tan incontestable como multiforme.

Eso no significa que todo funcione ya bien y a satisfacción de todos. Siguen existiendo desigualdades, el trabajo escasea y se precariza, el ambiente político se alimenta de una creciente crispación, el individualismo ahoga la solidaridad, lo inmediato impide abrirse a perspectivas de más largo alcance, el recurso a la posverdad nos coloca al borde del relativismo moral, el mercantilismo reduce la vida a un juego interesado donde todo a todo se pone precio, etc. En fin, que no es halagüeño el panorama que nos circunda. Pero no es mi intención insistir en ello. Prefiero destacar algo positivo: cómo hemos avanzado en la construcción de una sociedad más democrática. El pluralismo de convicciones es asumido con naturalidad, solo amenazado cuando brotan reductos de fundamentalismo. Cada vez es más arrolladora la fuerza del multiculturalismo, en un mundo donde la movilidad -tanto física como virtual- se hace casi ilimitada.

En una palabra, estamos ganando en tolerancia. Pero no está de más preguntarse qué tipo de tolerancia se está instalando entre nosotros. A falta de un término mejor, hablemos de tolerancia negativa y tolerancia positiva.

Ante el pluralismo en que vivimos inmersos, cabe invocar una tolerancia que nos permita convivir sin que nadie intente imponer nada a nadie. El ideal: “déjame vivir en paz que yo te dejaré vivir a ti”. Es una tolerancia atrincherada en el confort de lo propio y en la ignorancia de lo ajeno. Pero así la sociedad se convierte en una colección de mónadas independientes y desconectadas entre sí. En las ciudades se yuxtaponen barrios, que albergan colectivos cerrados sobre sí mismos. En ese ambiente no es raro que se desfigure la imagen del otro y se viva de estereotipos que simplifican y distorsionan la realidad de determinados grupos étnicos o culturales. El gitano, el moro, el rumano, el negro… son ejemplos que no precisan más explicación. Así no nos relacionamos con personas reales, sino como imágenes construidas desde el desconocimiento, el miedo o la prepotencia.

A esa tolerancia negativa puede contraponerse una tolerancia positiva: frente a la ignorancia del otro, el interés por conocer al que es diferente; frente a los estereotipos superficiales, el deseo de llegar a la realidad del otro en toda su complejidad; frente a la desconfianza ante el otro, el convencimiento de que podemos aprender cosas de él, que nos cuestionarán pero que terminarán por enriquecernos.

La tolerancia negativa es perezosa y autosuficiente, fomenta el miedo y las actitudes defensivas. La tolerancia positiva no renuncia a la propia identidad, pero cree que esta no es absoluta, se deja cuestionar y está siempre dispuesta a aprender y mejorar.

La tolerancia positiva no es solo una actitud individual. Es capaz de propiciar además un mundo diferente. Algunos han recurrido al término interculturalidad para avanzar sobre la multiculturalidad. Esta remite a la coexistencia pacífica en una sociedad compartimentada; aquella cree posible avanzar hacia espacios de convergencia, donde coexistan respeto a la diversidad, diálogo e interpelación, buscando algo distinto que no se identifica con los ingredientes iniciales. Es como degustar un plato donde se mezclan múltiples sabores, sin que ninguno se imponga a los demás pero donde cada uno aporta su matiz y contribuye al sabor resultante. Es verdad que hemos avanzado en tolerancia porque (casi) nadie se empeña ya en imponer una verdad única para todos. Pero una tolerancia positiva y un horizonte de interculturalidad son retos que nos siguen interpelando.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía