El Desarrollo Sostenible ha sido uno de los pilares fundamentales de la política de la Unión Europea desde hace años, como referente de su modelo económico. Ya en 2001 se adoptó la “Estrategia Europea de Desarrollo Sostenible”, que se revisó en 2009 y que aspiraba a una mejora constante de la calidad de vida de los ciudadanos europeos, asegurando a su vez la prosperidad económica de sus Estados, la protección del medio ambiente en todo el territorio europeo y un alto nivel de cohesión social. Este proceso derivaría en la Agenda “Europa 2020”, adoptada en 2010, que establece las líneas generales a seguir para lograr un crecimiento inteligente, sostenible e integrador.

No debe pues sorprendernos que la Unión Europea asumiese un papel fundamental en el desarrollo y negociación de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas para un Desarrollo Sostenible, adoptada en 2015 por los 193 Estados Miembros de las Naciones Unidas que establece 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible (en adelante, ODS) en los que concentrar nuestros esfuerzos durante los próximos años.

La citada Agenda debe abordarse desde una intensa colaboración entre todos los niveles del sector público y de la sociedad civil, siendo el sector empresarial una de las piezas fundamentales para lograr que la ecuación resulte posible. La inversión privada será absolutamente necesaria para lograr la transición hacia un nuevo modelo de producción que sea capaz de integrar estos 17 ODS entre sus principios más elementales.

El sector empresarial es perfectamente consciente de este desafío. Según las estimaciones de la UE, el 71% de las grandes empresas ya están desarrollando planes que abordan la forma de afrontar los ODS. Esto se debe en parte a las ventajas intrínsecas del Desarrollo Sostenible, en términos de competitividad y de volumen de negocios para el sector privado, que se derivan del ahorro en materias primas o del aumento del valor de los productos medioambientalmente sostenibles.

Sin embargo, este porcentaje tan elevado de empresas confirma también la seriedad del compromiso adoptado a nivel mundial y de los ambiciosos ODS establecidos en la Agenda para el año 2030. Se calcula que alcanzarlos generaría miles de millones de euros en nuevas oportunidades comerciales en toda Europa.

Por otra parte, el 90% de los ciudadanos europeos encuestados sobre este tema consideraron que era importante que las empresas participaran en la ejecución de los ODS, y el 78% respondieron que serían más propensos a comprar bienes y servicios de empresas que hubiesen asumido los ODS, por lo que el beneficio comercial también podría ser indirecto y derivar de una reputación positiva para la empresa.

Este análisis resultaría incompleto sin una referencia específica a la Economía Circular, que se considera a día de hoy el pilar más importante para el desarrollo sostenible en Europa por su horizontalidad y fuerte vínculo con el mercado único. En este sentido, los ODS a los que mayor importancia le otorgan las empresas son el 8, “Condiciones sociales justas y crecimiento económico”, y el 12, “Consumo y producción responsables”.

La conexión que existe entre estos dos objetivos y la propia noción de economía circular resulta evidente. A través de la Economía Circular se pretende ahorrar recursos reintroduciendo las materias primas usadas en el mercado y generando un ahorro en los costes que abrirá las puertas a un empleo de mayor calidad y a un crecimiento económico sostenible dentro de un alto nivel de competitividad.

Al mismo tiempo generará nuevos nichos de mercado para el reciclaje y tratamiento de materias primas que permitirán una producción y un consumo responsables a largo plazo. Todo esto derivará también en una menor generación de residuos y en un medio ambiente más limpio.

A modo de ejemplo, se estima que la transición hacia una economía circular generaría ahorros de hasta 600 mil millones de euros para las empresas europeas y alrededor 580.000 nuevos empleos, de los cuales 160.000 se concentrarían en el sector de los residuos.

Además, a nivel sectorial y en función de las capacidades específicas de cada empresa, resultan destacables otros ODS que se integran en el núcleo de la Economía Circular, tales como el 5, “Agua Limpia y Saneamiento”, el 11, “Ciudades y comunidades sostenibles” o el 13, “Acción climática”. En este sentido, la Economía Circular ayudaría a reutilizar el agua, evitando su derroche y enfatizando una nueva concepción de la misma como materia prima cada vez más escasa, además de favorecer la creación de ciudades sostenibles, algo especialmente importante teniendo en cuenta que en las ciudades la generación de residuos es mucho mayor y se concentra en un espacio menor.

Por último, la Economía Circular también tendría efectos positivos sobre el cambio climático, ya que tanto la reutilización como el reciclaje y la refabricación reducen la generación de CO2 hasta un 4% anual. En el caso específico de la refabricación, se estima que reduce la generación de gases de efecto invernadero hasta un 50% en comparación con productos nuevos.

De acuerdo con todo lo expuesto anteriormente, el papel del sector privado en el contexto de la Agenda 2030 será fundamental para lograr alcanzar los ODS, y con ello un crecimiento económico más sostenible desde el punto de vista económico, social y medio ambiental. Esta estrategia abrirá las puertas a un futuro de prosperidad para la ciudadanía europea, que podrá además disfrutar de un medioambiente limpio del que se beneficiarán también las futuras generaciones.

Daniel Calleja Crespo

Director General de Medio Ambiente de la Comisión Europea