Hace unas semanas cayó en mis manos un librito de un jesuita francés, filósofo y profesor universitario ya jubilado, con el título que encabeza esta página: Sabiduría bíblica, sabiduría política. A más de uno sorprenderá esta relación entre Biblia y política. Y no sé si habrá muchos políticos que busquen en la Biblia inspiración para su quehacer de cada día (algunos sí, sin duda, pero quizás prefieran no revelarlo o no encuentran el momento oportuno para hacerlo). A mí, su lectura me ha resultado muy sugerente y por eso quiero compartir algunas reflexiones que me hago al hilo de ella.

En principio, el libro parecería carecer de toda actualidad. La política interesa más bien poco y lo que se habla de ella tiene un tono, por lo general, alarmantemente peyorativo. La Biblia interesa a círculos muy restringidos, y con frecuencia solo en relación con sus aspectos más anecdóticos o marginales. ¿Y la sabiduría? Siempre me resultó un término sugerente: designa algo diferente a la erudición o la acumulación de conocimientos. La sabiduría es el resultado de la experiencia, y consiste en un saber moverse por la vida, tener recursos para afrontar situaciones complejas…

Pero volvamos a esa relación que el libro al que me refiero parece establecer entre sabiduría bíblica y sabiduría política. Quiere su autor mostrar cómo en la tradición bíblica hay una sabiduría acumulada que podría enriquecer la sabiduría de nuestros políticos hoy -y también la nuestra en cuanto ciudadanos-.

Es cierto que cuando hablamos de democracia miramos hacia la democracia griega: unos para proponerla como modelo de referencia; otros para rechazar que ese ideal sea aplicable a sociedades tan complejas y con poblaciones tan numerosas como las nuestras. En la Biblia, en cambio, no hay referencia a la democracia política.

Pero sí hay en ella múltiples referencias a lo que es el alma de la vida política: la conquista y el ejercicio del poder. En los tiempos bíblicos, como en los modernos, la sociedad ha tenido una preocupación constante (que es clave para entender el desarrollo del pensamiento y de las instituciones políticas): someter a control al poder político para que cumpla su función sin extralimitaciones ni abusos. Las respuestas que se han ido dando en las distintas etapas históricas han sido diferentes, pero se han ido plasmando en torno a dos cuestiones. Una: el poder debe estar sometido a la ley, sea esta establecida por Dios o por acuerdo de los humanos; esa ley nos equipara a todos y es garantía para todos. Otra: quien ejerce el poder político, que le ha sido encomendado, ya sea por Dios, ya sea por la sociedad, debe responder de sus actos ante Dios o ante la sociedad.

El mundo occidental ha llegado a construir a lo largo de su historia unas estructuras políticas, las cuales luego han sido reproducidas y copiadas en otros continentes y culturas. Nuestra experiencia, sin embargo, no es hoy satisfactoria y nos encontramos con unas instituciones que no dejan de hacer agua. La respuesta a este malestar se limita con frecuencia a una crítica amarga y desesperanzada.

No falta quienes piensan que la raíz última de esta crisis de la política tiene que ver con los procesos de secularización, que comenzaron transformando al Dios trascendente de la tradición cristiana en un Dios inmanente, para terminar colocando al hombre como último referente. De acuerdo con esta interpretación de la modernidad, algunos concluirán que esta sociedad y sus estructuras políticas no tienen remedio si no es con una restauración de ese universo perdido. Pero mirar al pasado como único horizonte para construir el futuro es cerrarse a la novedad y al cambio. El pasado ilumina nuestros esfuerzos para avanzar con tal de que no nos empeñemos en reproducirlo.

Hablar de sabiduría bíblica y de sabiduría política hoy supone abandonar toda pretensión restauracionista (que subsiste todavía en algunos ambientes religiosos y cristianos), pero huir asimismo del afán por eliminar todo rastro de esa tradición como si de ella no se pudiera esperar sino puro oscurantismo (postura tampoco ausente entre nosotros). Se trata más bien de sumar que de restar, sin afanes excluyentes ni descalificaciones sin matices. La gravedad de la coyuntura política que atravesamos merece el esfuerzo de todos.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía