La última década, sin duda, ha marcado profundamente las vidas de los hombres y mujeres del nuevo milenio. Las tensiones que advertíamos a finales del siglo pasado se han revelado crudas y dramáticas desde los acontecimientos del 11S, que marcó un antes y un después en el mundo, pero especialmente en Europa y Estados Unidos. Desde entonces, el sentimiento que ha prevalecido de manera clara y constante ha sido el miedo. Hay incluso quien ha definido a Europa, el “continente del miedo(1). Un miedo que parece ser el común denominador de nuestro mundo. Para los países que han sufrido las consecuencias de la guerra ha sido el terror de ver todo destruido, de tener que huir y, en muchos casos, perder la vida. Constante es también el miedo al terrorismo, esa “guerra mundial combatida a trozos”. Parece imposible poderse defender. Luego está el miedo de aquellos que deben emigrar a otras tierras donde esperan llegar y donde, a menudo, no son aceptados o, si lo son, están sujetos a discriminación y rechazo. Pero también existe el temor de quienes viven en las tierras meta de las migraciones. También esa crisis económica que duró años, continúa creando muchos problemas especialmente a las nuevas generaciones. Las oleadas de migrantes socavan el futuro de muchas naciones.

En los países de Europa también creció el temor al pensamiento secular, a ese pensamiento que considera la religión, cualquier religión, ahora excluida de la esfera pública, una realidad alejada de la modernidad y que, sin embargo, ha visto regresar y crecer el interés por lo “sagrado”. y por lo “espiritual”. En general, ha crecido el “miedo al otro”, el “miedo a lo diverso” y han ido apareciendo nuevas palabras o reapareciendo palabras que parecían haber caído en desuso: islamofobia, cristianofobia, antisemitismo.

Es en este contexto que, en los últimos cincuenta años, ha tomado forma un fenómeno, a menudo, casi “invisible” a los ojos de los medios y del imaginario cotidiano. Se ha definido como un compromiso de “aceptar lo provisional, trabajando por lo imposible(2). Se trata del diálogo interreligioso, un espacio de construcción real de aquella que el Papa Francisco, el actual protagonista indiscutible del diálogo en todos los niveles, define como una “civilización global del encuentro”.

El diálogo entre hombres y mujeres de fe religiosa -son ellos los que entran en diálogo, no las respectivas religiones- se lleva a cabo en los entornos cotidianos en los que se desarrolla la vida normal: la casa, la escuela, el lugar de trabajo, el supermercado. Es un diálogo de la vida que, donde tiene lugar, barre el miedo, porque el encuentro nos permite conocer a quien está frente a nosotros.

Y rara vez se teme a alguien que se conoce. Pero el diálogo también ha enganchado a individuos y comunidades en proyectos de colaboración para aliviar el sufrimiento y la soledad causada por la guerra, la discriminación y los desastres naturales. Trabajar juntos ha permitido conocerse y experimentar que el compromiso con el bien común y la paz siempre es posible. Luego están aquellos que han iniciado procesos de reflexión: la vida debe convertirse en cultura, de lo contrario, incluso las experiencias más bellas no tendrían futuro. Académicos y pensadores han empezado a reflexionar sobre esta “peregrinación hacia la Verdad” tal como lo han definido aquellos que llevan tiempo comprometidos con este diálogo. Los descubrimientos han sido múltiples.

En primer lugar, en muchos ámbitos, religiosos y laicos, se están dando cuenta de cuanto de ciertas son las palabras de un hombre de cultura, además de hombre religioso, como Benedicto XVI: “Nadie puede pretender poseer la Verdad porque es la Verdad quien nos posee(3).

El diálogo, de hecho, está ayudando a muchas personas y grupos a crear inclusión y, no solo a nivel religioso, sino también social y político. Thomas Blanchoff, politólogo estadounidense, lo resume así:

El diálogo […] no es solo o principalmente una cuestión teológica. El dialogo involucra a miembros de diferentes comunidades religiosas a hablar sobre sus respectivas tradiciones en un esfuerzo por comprender mejor y atravesar las diferencias culturales, éticas y políticas de manera más efectiva. El diálogo también puede tener una dimensión estratégica y puede usarse para preservar o ampliar las dimensiones de una comunidad religiosa. Sin embargo, los objetivos principales no son los de prevalecer uno sobre otros, sino reducir los conflictos y promover la comprensión mutua y la cooperación en cuestiones de interés común(4).

Lo que sigue siendo fundamental para hacer posible el diálogo es la categoría de la “fraternidad”, quizás menos conocida y profundizada en la tríada propuesta a fines del siglo XVIII. Y no se trata solo de un elemento occidental o cristiano. De hecho, se encuentra en la Regla de oro, común a todas las grandes culturas y civilizaciones. Es su aplicación en la vida cotidiana lo que hace posible el diálogo.

(1) Cfr. ….

(2) M. Borrmans, citato in P. Branca, Papa Francesco e il dialogo cristiani-islamici. Non settari né omologati., Cittadella Editrice, Assisi 2017, 12.

(3)  BENEDETTO XVI, Discorso ai suoi ex-allievi, Castel Gandolfo, 2 settembre 2012.

(4) THOMAS BANCHOFF, Embryo Politics: Ethics and Policy in Atlantic Democracies (Ithaca: Cornell University Press, 2013), 204.

Roberto Catalano

Experto en Diálogo interreligioso