Hace un momento estaba escuchando la nueva música “new way” del 2018. Eso era un invento de los 90 y tenía sentido, está claro, en aquel momento y circunstancia, porque la música como todas las bellas artes reproduce en gran parte la realidad social.

Puede que por ello, en este campo, como en muchos otros, se trate de copiar, revivir o añorar formas del pasado -la moda revival o vintage responde a este patrón-. Lo malo es que gran parte de lo que se está replicando suena a artificial, porque de la misma forma que no puedes repetir los sueños rotos, las copias nunca son originales. Y este fenómeno parece repetirse  en el mundo empresarial; se pretenden recuperar fórmulas de otro tiempo pero rebautizadas con la digitalización. Un ejemplo sería este movimiento de muchas empresas que apelan a la humanización, pregonando a los cuatro vientos la importancia de las personas y con una visión holística (incluso ignorando qué significa), pero la verdad es que las personas cada vez cuentan menos, son importantes en la organización en la medida en que producen beneficios, la formación solo interesa cuando conviene al sistema y a la empresa, pero nadie piensa en la persona y la última moda es el fantástico “mercado de emociones”.

No podía imaginarse Daniel Goleman la trascendencia de la denominada inteligencia emocional, desde que se le puso etiqueta y se llevó a la comercialización a destajo. La verdad es que nunca hubo tantos libros de autoayuda. Pero, ¿qué pasa? ¿Que la gente necesita leer en un libro cómo tiene que vivir? Por favor, la música distrae o inspira, pero la mayoría de la gente que escucha música no tiene idea de cómo crearla y ahora parece que tiramos de manual para todo y esto no es serio, no debe extrañarnos la voracidad en el consumo de másteres, porque aparte del diploma, nadie se cuestiona después que si no lo pone en práctica no le va a servir para nada, learning by doing, y no hay más.

Creo que la gente que hemos tenido la fortuna de haber conocido el mundo empresarial desde finales de los 60, hemos podido conocer el desarrollo de las formas de producción que realmente han aportado una mejora para el trabajo de la gente. Muchos empezamos con jornadas de 50 horas (incluidas mañanas de sábado), conocímos a los “maestros”, que era un proceso al que se podía aspirar desde un aprendizaje, una oficialía y unos años de experiencia; nada que ver con el modelo del enganche de grado, sin haber pisado una empresa, y después esta avidez por captar “supuesto talento” al límite del grado, para reconvertirlos en voceros de un plan estratégico a la medida del único interés admisible, o sea, económico.

La que fuera directora ejecutiva de Hewlett Packard, Carly Fiorina, concebía una empresa como un ser vivo, orgánico, que respira, más allá de un balance de ingresos y gastos. Me gustaría saber cuántos líderes piensan así: seguro que muy pocos en grandes empresas y quizá algunos más en las pymes, pero el discurso por desgracia no va en este sentido.

Ciertamente, las nuevas tecnologías, aparte de ser irrenunciables por aquello de la globalización, nos han aportado muchas facilidades y comodidades, el acceso a la formación en todos los sentidos es bueno, como lo será la mediática y las facilidades para poder informarse, pero no me negaréis que el solo hecho de viajar más, darnos a conocer en las redes, no significa que seamos individualmente más reconocidos, que más de cuatro mil millones de personas utilicen apps, no equivale a tener la vida más fácil; más posibilidad de formación no equivale, ni a mejores maestros, ni que ayuden a progresar armónicamente en las organizaciones. Y que todo el mundo sea esclavo de su smartphone, tampoco significa que se “comunique” de verdad porque nunca hay emoción detrás de una maquinita. No nos equivoquemos, no ganamos todos, porque no es lo mismo la representación de una realidad que la propia realidad.

Miquel Bonet  | Abogado, profesor, autor de “Búscate la vida”Miquel Bonet