Bajo el título de “Nostalgia del catedrático de instituto”, el ilustre académico Andrés Amorós ha publicado un excelente artículo(1) en el que denuncia con rigor el ‘purgatorio’ que padecen los catedráticos de Bachillerato, que se sienten menospreciados por la sociedad, ninguneados por la Administración y denostados por asociaciones de vario cuño que, cual elefante en cacharrería, han irrumpido en el funcionamiento de las entidades docentes: televidentes semianalfabetos, manifestantes a tiempo completo, indignados permanentes, logsetomizados ‘transversales’, expertos de la logomaquia, asamblearios por vocación… han minado la autoridad del profesorado, sometido a una presión social que sOlo entiende de derechos. LA imposición del carácter ‘lúdico’ del aprendizaje, que no ha de someterse al rigor de la reflexión y del razonamiento, está en el origen de una generación a lo Peter Pan, que no desea crecer, sostenida por ‘papá-Estado’.

Entender  y compartir el mensaje del profesor Amorós se hace mucho más patente si se han conocido tiempos mejores, no tanto desde el punto de vista pecuniario -cosa nada desdeñable, por cierto- como desde el  respeto y la consideración social inherentes a la profesión. El profesor Amorós ve a los actuales docentes -muchos de ellos antiguos alumnos- “deprimidos, luchando contra la fácil tentación de rendirse y renunciar, por imposibles, a los ideales que les impulsaron a esa vocación”. Lo que no podían imaginar era que la organización educativa, la burocracia, la indisciplina y el abandono de la sociedad fuesen a conspirar contra sus ilusiones de ser buenos profesores.

Hace algún tiempo, tuve que realizar una gestión en  un instituto, cuyo nombre obviaré, en el que había sido profesor años atrás. Al preguntar por don X, la persona que se hallaba detrás del mostrador de lo que parecía ser la secretaría, voceó algo así como: “¿Sabes si Paco tiene guardia hoy?” Aquello no tenía nada que ver con Federico o a Lucena, aquellos bedeles que, respetuosamente, abrían la puerta del aula para recordarnos la hora a los profesores, a quienes jamás tutearon…

La mera relación de filólogos y lingüistas que han creado escuela a través de sus cátedras de instituto constituía, en palabras de Eugenio d’Ors, una especie de “jerarquías inermes” cuya categoría científica recibía la justa recompensa de un prestigio social que nadie discutía. No era tarea fácil opositar a cátedra de instituto (las universitarias solían -y suelen- estar mediatizadas por determinados factores), de tal manera que para conseguir su cátedra habían de realizar una oposición muy dura, de cinco ejercicios, que ilustres figuras de las universidades norteamericanas, por ejemplo, habrían sido incapaces de superar, debido a la amplitud del temario.

Hoy, el simple hecho de mantener una disciplina, imprescindible para cualquier tarea colectiva, supone un esfuerzo que absorbe buena parte del tiempo y de la energía de los profesores. Lamentablemente, se ha impuesto una filosofía de la educación radicalmente equivocada, asumida como “progresista” por los políticos españoles de izquierdas y ‘tolerada’ por la derecha, incluso cuando esta última ocupa el poder. No solo es cuestión de dinero, sino de esfuerzo, trabajo y disciplina. ¡Nada de memoria! Hablar de exámenes, suspensos, horarios es algo abominable, por no mencionar los “disparates localistas” que han traído, también a la enseñanza, las autonomías. Y, ¿qué decir de la manipulación del lenguaje? A lo de “condición de catedrático”, podemos añadir “segmento de ocio” (recreo), o aquello de “intervención psicopedagógica” (cuando el profesor habla con un alumno), ejemplos llamativos de pedantería. No reconocer, en fin, la figura ejemplar y utilísima para la sociedad del catedrático de instituto -concluye el profesor Amorós- poniendo trabas a su labor es la raíz de muchos males que sufre la educación en España. Así nos va.

Miguel Fernández de los Ronderos

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(1) ABC, 04-03-2018.