Las universidades constituyen un elemento esencial para promover el crecimiento económico de una sociedad, hacerla más democrática y abierta y, en general, elevar su nivel de bienestar. Tales resultados se consiguen, de manera especial, a través de la producción de capital humano, del conocimiento científico que se produce en las universidades, en su mayor parte, y de su transmisión al resto de la sociedad.

La producción de capital humano es el principal determinante del crecimiento económico y actúa a través de diferentes vías. En primer lugar, porque la formación, el conocimiento y las habilidades de los trabajadores provocan el aumento de su productividad y, por tanto, de la riqueza. En segundo, porque una mano de obra mejor formada facilita la adopción de nuevas tecnologías y promueve la innovación, tanto desde la perspectiva personal como social y, además, permite una mejor adaptación a un entorno de cambios continuos.

Desde una perspectiva social, la extensión de los estudios universitarios también contribuye al fomento de la innovación mediante la investigación básica y aplicada, creando una base de conocimiento y difundiéndolos. El input fundamental de los cambios innovadores y del conocimiento productivo es el capital humano y esta función se caracteriza, incluso, por poseer rendimientos crecientes a escala. Es decir, una mayor formación genera cada vez más innovación y ésta, a la vez, provoca una necesidad adicional de formación provocando un círculo virtuoso. En el largo plazo, la innovación y el crecimiento de la productividad son la única forma de alcanzar un crecimiento económico sostenido en el tiempo.

No obstante, el capital humano mejor formado favorece la generación de otro tipo de beneficios con efectos en otros ámbitos, y aunque estos son difíciles de medir, contribuyen a crear sociedades menos violentas, con menos delitos, más críticas, en las que se entiende y funciona mejor la democracia y más abierta a los cambios. Para garantizar que las universidades alcancen esos resultados, es fundamental diseñar un marco normativo que propicie una competencia intensa entre ellas y asegure actividades eficientes de investigación y formación, con calidad, ajustándose a la demanda, y contribuyendo a elevar el crecimiento y el bienestar de forma significativa.

Especialmente relevante en este aspecto es la cooperación universidad-empresa que aporta importantes beneficios a las compañías y que se reflejan en su actividad, sus procesos de producción y resultados. Para que la universidad contribuya a estos objetivos debe realizar una simbiótica y efectiva colaboración con el tejido productivo.

Es fundamental la adaptación universitaria a los cambios sociales y tecnológicos que han modificado radicalmente los procesos de producción y, en particular, la generación de conocimiento y formación. Son cambios muy profundos, continuos y acelerados. Los MOOC (cursos online masivos y abiertos) que disparan disruptivamente a los modelos de negocio convencionales de educación superior o el estallido de la burbuja universitaria en EE. UU. son fenómenos que constituyen indicios de que lo que se está produciendo es un cambio radical del mapa mundial de universidades, con la irrupción asiática o la nueva generación de propuestas tipo Minerva o Singularity.

En este sentido, el compromiso de la Universidad Internacional de Andalucía, a la que acabo de incorporarme como rector, es el de adaptarse a estos nuevos modelos de generación de conocimientos, adecuando la oferta formativa a las necesidades reales de la empresa y programando estudios que hagan de la flexibilidad y adaptabilidad de la estructura de la UNIA una ventaja comparativa con el resto de la oferta. Asimismo, la construcción de programas formativos para los centros de empresas en el extranjero (fundamentalmente Iberoamérica) ofrece una oportunidad que refuerza el sentido de acción transversal de la UNIA.

José Sánchez Maldonado

Rector de la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA)