Una de mis películas favoritas es Cadena perpetua de Frank Darabont, cuenta la historia de un contable (Andy) que es enviado a prisión por el asesinato de su mujer, allí conoce a Red, el jefe de la mafia de los sobornos, con quien hace una gran amistad. Hay un diálogo entre Red y Andy que me encanta, os lo reproduzco a continuación:

“Red:  – Yo tocaba la armónica cuando era joven, luego dejó de interesarme, dime qué sentido tendría aquí.

 Andy: – Aquí es donde más sentido tiene, la necesitas para no olvidar.

R: – ¿Olvidar?

A: – Olvidar que hay cosas en el mundo que no están hechas de piedra, que tienes, que hay algo dentro que no te pueden quitar, que es tuyo.

R: – ¿De qué estás hablando?

A: – De esperanza.

R: – Esperanza. Amigo deja que te explique, la esperanza es muy peligrosa puede volver a un hombre loco, aquí dentro es del todo inútil, más vale que te hagas a la idea”.

Las palabras de Andy no tienen desperdicio; él habla sobre no olvidar, la esperanza, el sentido… Y es que, cuando más sientes que estás perdido, ¡es cuando más necesitas “tocar la armónica”! Si no tu vida corre el peligro de entrar en la desagradable tónica de la desidia y la decepción institucionalizadas como norma cotidiana (y está claro que así, ¡de todo se te quitan las ganas!). Ante una realidad dura, compleja, nada fácil de asumir (como, por ejemplo, estar en la cárcel), tuya es la decisión de aferrarte a lo que no te pueden quitar (tu actitud) o dejarte arrastrar por las circunstancias y convertirte en una víctima crónica (a mi parecer, es mucho más productivo “tocar la armónica”).

La cárcel mental. La cárcel mental es un lugar muy peligroso porque allí el carcelero y el prisionero resultan ser la misma persona: tú mismo. Quien permanece mucho tiempo allí, fácilmente cae por el abismo del pesismismo porque sus muros no son de piedra, sino que están construídos con las losas del conformismo, de los prejuicios, de la falta de visión… De tal forma que el conteo diario de reclusos (más bien, del recluso) lo realiza la decepción y para que no te encuentre, más vale que, lo antes posible, traigas a tu mente aquello que decía Viktor Frankl tras su experiencia como prisionero en Auschwitz: “entre acción y reacción hay siempre un esperanzador hueco: la capacidad de elección”, fíjate en el maravilloso ejemplo que nos da el señor Frankl ante una vivencia tan extrema como resultaba un campo de concentración, ¡él apostó por seguir conservando su capacidad de elección!, cuando lo fácil era perder toda esperanza, dejarse ir, abandonarse… Él decidió superarse, haciendo uso de la última de las libertades humanas, lo que nos queda cuando lo hemos perdido todo: nuestra capacidad de elección (que siempre será tuya porque, para bien o para mal, el único que puede arrebatártela eres tú mismo). Dejar en otras manos tu capacidad de decidir es tirar por el Guadalquivir una valiosa herramienta para construir (y re-construir) relaciones, proyectos, personas…

Ante las circunstancias complejas, ¡déjate de quejas! y olvida también la actitud sumisa tipo oveja porque lo que con mayor acierto tu visión despeja es (como decía Andy) “tocar la armónica”, ¡tócala! y experimentarás como los desiderativos “¡ojalá!” se disipan para dar paso a una enriquecedora realidad; ¡tócala! y sentirás que con convicción, iniciativa y esperanza es como se avanza; ¡tócala! y te darás cuenta de que, hacia tu lado, se va inclinando la balanza.

Cosas que no están hechas de piedra. Es importante recordar a diario que -como decía Andy-: “hay cosas en el mundo que no están hechas de piedra, que tienes, que hay algo dentro que no te pueden quitar, que es tuyo…” ¡Recupera la satisfacción personal y el orgullo que supone ser el dueño de tus decisiones!

María Graciani

Escritora, conferenciante, periodista

@m_graciani

Artículo incluido en el número de julio y agosto de la revista Agenda de la Empresa