Los nuevos tiempos, caracterizados por la innovación tecnológica 4.0, la digitalización, la conectividad y el acceso inmediato a la información, están provocando que las universidades se planteen una reconversión de su actividad. No se trata, que también, de la relevancia de adaptar estructuras y procesos a los rigores del nuevo entorno educativo en el ámbito de la financiación o de la calidad, tanto como de la necesidad de adaptación a los requerimientos de los alumnos que, en su día a día tienen acceso a toda la información que precisan, interactuando en red a través de dispositivos móviles (Internet of Things). Es necesario innovar con nuevos sistemas pedagógicos, incorporar modelos de enseñanza online e implementar los avances TIC en los procesos de teaching and learning.

Esta necesidad de transformación no radica sólo en los sistemas de transmisión del conocimiento profesor-alumno. Va más allá. Se hace preciso afrontar una evolución hacia una forma global de relación también con el resto de la comunidad educativa y con la sociedad. Concebir la universidad como un nuevo entorno relacional inteligente, un ecosistema tecnológicamente avanzado e interconectado en el que todos los procesos se lleven a cabo de manera fluida, sostenible, abierta e inteligente. Si la universidad pretende estar al servicio de la sociedad, deberá adaptarse a sus cambiantes demandas, algo complejo teniendo en cuenta la dificultad de modificar sus complejas estructuras internas.

La nueva era digital precisará de conocimientos y titulaciones que aún no están, no ya implementadas, sino ni tan siquiera pensadas. El gap entre la oferta de las instituciones de educación superior (incluyamos también a los centros que imparten ciclos superiores de formación profesional) y las necesidades reales del mercado amenaza con hacerse más importante. Será preciso promover conocimientos más generalistas que animen y enseñen al alumno a pensar por sí mismo y que le proporcionen habilidades, capacidades y destrezas transversales más que conocimientos excesivamente específicos, que pueden quedar obsoletos o con escasa aplicación práctica en poco tiempo. Destrezas transversales como la capacidad de trabajo en equipo, el aprendizaje autónomo, la adaptación a los cambios, la capacidad de relacionarse en un ambiente internacional, la gestión de la información, el liderazgo o los dotes de comunicación, se nos antojan más esenciales para garantizar su futuro desarrollo personal y profesional.

Quisiera destacar un aspecto clave. De forma compatible con la especialización, el mercado demanda cada vez más profesionales con un perfil multidisciplinar, superando con ello la tradicional diferenciación entre ciencias y letras. Las empresas demandan personal con conocimientos especializados en su área de actividad, pero dejando atrás la “excusa” del estudiante de letras de no saber de números, o del de ciencias de cometer continuas faltas de ortografía. De ahí, que cada vez más se demanden, a modo de ejemplo, ingenieros con titulaciones en Dirección de Empresas, que serán los que alcancen puestos de mayor responsabilidad; abogados con conocimientos tecnológicos, para comprender las nuevas y complejas realidades legales derivadas del mundo digital; o directivos con titulaciones en Psicología y Humanidades para saber abordar con acierto las complejas relaciones humanas existentes en las organizaciones.

Todas estas palancas de cambio deberían ser tenidas en cuenta por las instituciones de educación superior. No sólo para dar un mejor servicio, obtener clasificaciones en los rankings o conseguir un mejor posicionamiento en el mercado, sino para garantizar su supervivencia.

Juan Carlos Hernández Buades

Director General de CEU Andalucía

Presidente de la European Quality Assurance Forum y Consejero de EURASHE