No suele prestarse mucha atención a los documentos de la Iglesia. Ni siquiera cuando tratan cuestiones de actualidad, como ha sido el caso del reciente texto sobre “Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero”. Se descartan diciendo: no es competencia de la Iglesia, o su tratamiento es demasiado teórico y alejado de la realidad.

Creo, sin embargo, que este documento publicado en el pasado abril no merece pasar desapercibido, desoyendo su deseo de abrir un espacio de diálogo sobre temas que despiertan tantos interrogantes. ¿No fue la crisis de 2008, cuyos efectos todavía colean, una crisis financiera en su origen? El texto que comentamos comienza deplorando que la salida de la crisis haya desaprovechado la oportunidad de hacer una reflexión a fondo sobre el mundo financiero.

Tres niveles de reflexión ofrece el documento. En su origen: la preocupación ética. No podía ser menos: preguntarnos por qué y para qué ante realidades que no se justifican por el hecho mismo de existir. El documento lo hace aludiendo además a prácticas financieras hoy muy difundidas.

Primer nivel: criterios éticos generales. No se basan en consideraciones confesionales, sino en la convergencia de distintas culturas y tradiciones religiosas. Esta convergencia conduce a dos grandes principios: la dignidad de la persona y su desarrollo, que constituyen la razón de ser de todas las instituciones sociales, también de las económicas; el bien común, como marco donde los particulares persiguen sus intereses. Con otras palabras: la persona toda, hasta sus dimensiones más profundas; las personas todas, sin exclusiones, sin que el bien de algunos sea obstáculo para el bien de muchos.

Segundo nivel: aplicación de estos criterios al mundo económico y financiero, cuya razón de ser no es otra que el servir a las personas. El mercado asigna bien los recursos, pero no distribuye bien los resultados. Esto es más evidente en los mercados financieros, tan necesarios para que la actividad económica fluya con agilidad, pero donde la asimetría de los agentes es tan decisiva en cuanto generadora de desigualdades. Economía y política -añade el documento- deben ser independientes entre sí para que puedan complementarse: la iniciativa libre tiene que combinarse con reglas establecidas para que el instrumento (las finanzas) cumplan su fin (ayudar a todas las personas, sin subordinarlas a los objetivos financieros a corto plazo).

Tercer nivel: análisis de algunas prácticas concretas (un nivel que no suele encontrarse en otros textos de esta índole), prácticas cuyo sentido e implicaciones más de un lector no llegará a captar.

Entre ellas: la conveniencia de separar la gestión de carteras propias y ajenas; el criterio de incrementar el valor de las acciones de los shareholders; los títulos de alto riesgo y la creación ficticia de valor; los “derivados” como forma de gestionar el riesgo; la práctica de la titulización (securitization), su complejidad y falta de transparencia; los credit default swap, su volumen creciente y el peligro de usarlos para provocar quiebra de terceros; la fijación de tasa de interés para los préstamos interbancarios (LIBOR) y sus riesgos; los bancos paralelos (shadow banking system); las operaciones offshore y su relación con la elusión fiscal, evasión y lavado de dinero, así como con la deuda pública de los países menos desarrollados. Son temas sobre los que hay que volver porque no son solo técnicos: tras ellos se esconde una antropología y una ética, es técnica que se pone al servicio de unos valores.

No falta una alusión final a los consumidores, a la gente de la calle, abrumada y desconcertada ante este complejo mundo: una llamada a la responsabilidad a la hora de hacerse presente en estos mercados para colocar los propios ahorros.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía

Artículo incluido en el número de julio y agosto de la revista Agenda de la Empresa