Las reflexiones que siguen pretenden, no hacer un análisis social o político, sino solo proyectar una perspectiva ética sobre el año que se fue. Pero asumo lo que la ética tiene de toma de distancia crítica: una crítica que es el contrapunto de los valores a los que podemos aspirar los humanos.

2017 no pasará los libros de historia por acontecimientos de relieve. Pero hay tendencias que se han exacerbado a través de lo ocurrido en él. ¿No se ha percibido una agudización de las tendencias individualistas? ¿No se va haciendo, entonces, que nuestro mundo sea menos acogedor, más inhóspito e insolidario?

El individualismo procede de la modernidad: su apuesta decidida por la persona humana, por su autonomía y libertad. Es la gran conquista del pensamiento moderno, con tantas aplicaciones a la vida personal y colectiva. El reconocimiento de los derechos humanos y las sucesivas declaraciones en documentos internacionales y en constituciones políticas, ¿hubieran sido posible sino desde esa afirmación de la persona humana?

Sin embargo, la evolución posterior -que, a falta de término más preciso, llamamos posmodernidad– ha mostrado la cara menos amable de ese individualismo, haciendo de él un individualismo sin matices, que absolutiza el sujeto e ignora -si no teóricamente, sí en la praxis- la dimensión social de la persona. Cuando este individualismo se convierte en el motor principal de la vida, el mundo se hace menos habitable. Hasta ahora hemos hablado en términos de sujeto personal. Cuando esa actitud se generaliza para inspirar comportamientos colectivos, los efectos no menos nocivos agravan el malestar de nuestras sociedades. Poner por delante siempre y sin matices el interés particular -en este caso, no de individuos sino de pueblos- conduce a un escenario de guerra de todos contra todos. El horizonte de un mundo más solidario, donde las desigualdades menguan y priman los intereses de todos y especialmente de los más vulnerables, se hace cada día más lejano y difuso. Algunas muestras de este individualismo colectivo me parecen destacar en el año que se ha ido. Señalaré cuatro. Son fenómenos complejos, que no se explican solo desde esta consideración crítica. Pero, si dominase nuestro mundo una cultura menos individualista y más solidaria, las perspectivas serían otras.

1) Emigrantes y refugiados. Es un problema complejo donde no caben las soluciones simplistas. Pero es alarmante la resistencia sin matices de muchos países a afrontar la situación, bien sea con una actitud más abierta a la acogida, bien colaborando con estrategias orientadas a combatir el problema en origen. Lo que no basta es limitarse a una defensa a ultranza dentro de las propias fronteras para preservar lo nuestro.

2) La victoria política de Trump en Estados Unidos y su actuación en este primer año de presidencia. El slogan de América para los americanos es una manifestación más de que todo se hace en función de lo nuestro, al precio que sea. La prepotencia de su estilo personal no es más que un símbolo bien expresivo de esta actitud que despierta la adhesión de una parte significativa de todo un pueblo.

3) El Brexit británico. Es una nueva muestra de que los intereses nacionales mueven a decisiones que afectan a una realidad superior -la Unión Europea, Europa- sin que ello sea suficiente para cuestionar el “solos estamos mejor”.

4) Más cerca de nosotros, el procés catalán. Entre los ingredientes de un largo conflicto tampoco falta ese individualismo colectivo de mirar solo los intereses propios, ignorando la realidad en que integra, España. Y es un individualismo que se contagia, porque ya no faltan discursos semejantes desde otros rincones de España, que amenazan con convertir la geografía de las comunidades autónomas en un campo de batalla de todos contra todos.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía