La frase escogida para titular esta página es del Papa Francisco en su documento sobre la alegría del Evangelio que publicó al comienzo de su pontificado. Me ha venido a la cabeza a raíz de un encuentro en que acabo de participar en Roma invitado por la Academia Pontificia de las Ciencias. El tema era: ‘Cambiar las relaciones entre el mercado, el Estado y la sociedad civil’. Partíamos del hecho de que existen tres lógicas en el comportamiento humano, cada una propia de uno de esos tres ámbitos: en el mercado la lógica del intercambio (regida por el criterio de equivalencia); en el Estado, la lógica de la ley y el derecho (con el criterio de igualdad); en la sociedad civil, la lógica del don (con el criterio de la gratuidad y la reciprocidad). En nuestros análisis científicos, que buscan comprender la realidad, construimos estos esquemas de pensamiento, que nos ayudan a diseccionar lo real para identificar dinamismos que explican su funcionamiento. Pero la realidad va más allá de esos esquemas ideológicos, la realidad es más compleja que las ideas que elaboramos para entenderla. Las ideas simplifican, establecen contraposiciones, a veces de extremos que son inconciliables. La realidad es más flexible, hace compatible lo que en teoría parece incompatible.

Un ejemplo lo aclarará. Solemos decir que la economía actual está dominada por la racionalidad del capital, que se basa en la idea de que el ser humano se mueve siempre buscando maximizar su ganancia. Es una imagen de la persona humana que ayuda a interpretar muchos comportamientos que se dan en la vida de cada día: en ese sentido, no es desechable por inútil o perniciosa. Ahora bien, si a la racionalidad del capital contraponemos la racionalidad del trabajo, el enfoque cambia: ahora, el criterio de actuación coloca al trabajo humano como el norte que ha de orientar toda actividad económica para buscar que las personas tengan trabajo, y un trabajo que sea decente y acorde con su dignidad. Parece que ambas racionalidades son incompatibles: o una u otra. Pero la realidad es superior a la idea: es decir, en la vida real se dan comportamientos e iniciativas guiadas por la racionalidad del trabajo en un mundo donde domina la racionalidad del capital. Coexiste en la práctica lo que en teoría resulta incompatible. Durante mucho tiempo, era frecuente debatir sobre los dos grandes sistemas socioeconómicos: capitalismo y socialismo. Se presentaban como alternativos: o uno u otro. El socialismo en su versión más elaborada, el de estricta planificación centralizada, desapareció prácticamente del mapa. Pero elementos de él reaparecen en los países capitalistas. Ya no se habla de dos sistemas alternativos, sino de alternativas dentro del sistema capitalista. Y esas alternativas consisten en iniciativas que se integran y sobreviven en el sistema dominante, pero que funcionan con una lógica diferente. Vuelvo al encuentro que dio origen a este comentario. Junto a la reflexión de los científicos sociales que nos ayudaban a comprender la situación de nuestro mundo identificando y discutiendo grandes modelos, nos encontrábamos las realizaciones concretas que van surgiendo espontáneas y con formas muy diversas y hasta difíciles de tipificar a partir de la creatividad de la sociedad. Durante mucho tiempo, ante los estragos del mercado y las desigualdades y exclusiones que genera, solo se pensaba en la intervención correctora de los poderes públicos. Hoy se invoca menos al Estado y se confía más en iniciativas surgidas de una sociedad civil cada vez más activa y consciente de sus posibilidades. De este modo, la sociedad se enriquece y la acción del Estado no se excluye, pero sí se complementa. La realidad es superior a la idea. Entonces, ¿para qué las ideas? Sin duda, contribuyen a interpretar la realidad en toda su complejidad; pero, precisamente por esta complejidad, tienden a simplificarla. Cabría decir que la caricaturizan. Por eso, hay que bajar de las ideas a la realidad, pero para volver otra vez a las ideas y hacerlas más dúctiles a lo real. Lo real en lo que tiene de variado, de espontáneo y no programado, de creativo, sirve para establecer el verdadero alcance y la utilidad de los grandes modelos que elaboran los científicos.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía