La economía andaluza va retomando el pulso. Los datos de cierre de 2017 y las previsiones para el nuevo año indican que, pasada casi una década desde el estallido de la crisis global, la recuperación es un hecho: aún incompleta, aún necesitada de consolidación, pero, en todo caso, indiscutible.

Andalucía acaba el año con un ritmo de crecimiento del 3%, siete décimas más de lo previsto al inicio del ejercicio, y todo indica que la senda positiva continuará en 2018, con incrementos entre el 2,5% y el 2,7%, por encima de la media europea. Incluso en un cálculo prudente, Andalucía podría alcanzar el PIB más elevado de su historia, superando los niveles previos a la crisis.

Es evidente que la evolución de nuestra economía no es ajena a las tendencias que se observan en España, el resto de Europa y el mundo. Pero sería injusto no reconocer alguna de las fortalezas que están marcando la recuperación en nuestra tierra: el aumento de la demanda, un sector turístico con resultados extraordinarios y unas exportaciones en cifras de récord, demostrando la fortaleza de la ‘marca Andalucía’ más allá de nuestras fronteras. Junto a ello, sectores severamente castigados por la recesión, como la construcción, retoman progresivamente su dinamismo. Y áreas de actividad con un largo pasado, como la minería, y otras de auge más reciente, como la aeronáutica o la biotecnología, ganan cada vez más protagonismo en la creación de riqueza y empleo.

Pero detrás de la frialdad de las cifras, los economistas prestamos una gran atención a un valor intangible clave: la confianza. En este sentido, la mejora del consumo, la revitalización del mercado de la vivienda y el paulatino retorno de la inversión y del crédito son señales elocuentes de la mejora del estado de ánimo de consumidores y empresas, tan machacado durante estos largos años de recesión. Una confianza que, como sabemos, tiene también de manera importante su asiento en la estabilidad institucional y política, lo que nos hace mirar con evidente preocupación e incertidumbre la evolución del conflicto en Cataluña y sus posibles repercusiones sobre la economía de nuestro país.

Preservar la confianza será el mejor combustible para esta nueva etapa. Una nueva fase que pasa necesariamente por consolidar la recuperación y que la sientan de manera más clara ciudadanos y familias.

Desde lo público y lo privado necesitamos dar un mayor impulso a la creación de empleo, la lucha contra la precariedad laboral, la mejora de los salarios y el combate contra la desigualdad y la pobreza. Crecimiento y solidaridad son componentes insustituibles en la fórmula de una recuperación efectiva, sostenible y también más justa.

Esta realidad hace que desde la Fundación Cajasol nos tomemos todavía más en serio nuestra responsabilidad ante el año que comienza. La acción social va a seguir siendo un eje clave de nuestra actividad, para atender a tantas familias que aún pasan por dificultades. Vamos a continuar igualmente apostando por una oferta cultural más diversa y accesible a todos los públicos.

Y seguiremos reforzando una de nuestras principales apuestas: el impulso de la formación y el emprendimiento. Porque estamos convencidos de que el futuro de Andalucía está en desarrollar y dar nuevas alas al talento de las nuevas generaciones. En estimular la innovación, la productividad y la competitividad de nuestras empresas. Así hemos querido hacerlo durante 2017 y continuaremos, aún con más fuerza, compromiso e ilusión, durante el nuevo año.

Antonio Pulido

Presidente de la Fundación Cajasol