“Dedico mi Sinfonía nº 7 a nuestra lucha contra el fascismo, a nuestra incontrovertible victoria sobre el enemigo y a Leningrado, mi ciudad natal”. (D. Shostakóvich)

Como sucedió con la mayoría de los compositores soviéticos más destacados, Shostakóvich no fue incorporado al ejército; todos fueron evacuados a lugares más seguros, pues el talento era una cuestión de la máxima importancia para el Estado, hasta el punto de que los dirigentes, que en tiempos de paz necesitaban el arte para difundir su ideología y apoyar sus aparatos de propaganda, mantuvieron sobre ‘sus’ artistas una atención especial y durante la guerra se preocuparon muchísimo de su seguridad, pues sólo así podrían seguir trabajando para gloria del poder soviético.

El lenguaje musical de la Séptima  está muy simplificado, lo cual no tiene nada de extraño, pues la sinfonía debía transmitir a amplios auditorios la idea de la lucha y el triunfo sobre el enemigo. Al mismo tiempo estamos ante la obra sinfónica más  extensa de Shostakóvich en la que sólo el primer movimiento se aparta de las convenciones. Así lo entendieron Axelrod y la ROSS, en una brillantísima demostración -era la tercera vez que esta obra colosal figuraba en los atriles de la ROSS- de pujanza y espectacularidad controlada, rematada por el poderoso Finale, que anuncia la victoria sobre el enemigo en una atmósfera arrebatadora rubricada por estruendosas ovaciones que evocaban, a buen seguro, una apasionada manifestación de sentimientos patrióticos y una exaltación del talento de los intérpretes.

Muy oportuna, por lo demás, la inclusión del bello Adagio para cuerdas (1) del tardorromántico Samuel Barber, un compositor cuya  fama parece asentarse en esta obra, siempre escuchada con reverente atención, en lo que parece ser el  principio y  el final del buen hacer del músico estadounidense, famoso por su franqueza: “La mayoría de los compositores me aburren porque la mayoría de los compositores son aburridos”.

Siguiendo el ‘itinerario’ Bernstein, tuvimos ocasión de apreciar el talento y la técnica depurada del flautista alemán Andreas Blau en Halil, nocturno para flauta y orquesta de cámara, una obra que se alinea con el dodecafonismo en su vertiente más dramática. Fuera de programa Blau ofreció el allegro  de una sonata para flauta de C.Ph.E. Bach, el más dotado de los hijos de Juan Sebastián. En resumen: una  velada memorable (¿para cuándo el adjetivo?) en la que muchos melómanos nos reencontramos con el último de los sinfonistas que en el mundo han sido … Recordemos, a este respecto, el juicio del gran director Kussewizki: “Desde Beethoven nadie ha sabido hablar con tal capacidad de sugestión a las más extensas capas de oyentes”.

MFR

  • En realidad, se trata del 2º movimiento del Cuarteto para cuerdas, Op.11
13º ABONO: GUERRA Y PAZ
Andreas Blau: flauta
John Axelrod: director
Samuel Barber: Adagio para cuerdas, Op.11
Leonard Bernstein: Halil, nocturno para flauta y orquesta de cámara
Dmitri Shostakóvich: Sinfonía nº 7, en Do mayor, Op.60 “Leningrado”