La hornada de palabras que la Real Academia Española incorpora este año a la versión digital de su diccionario incluye entre sus nuevos términos la palabra posverdad, puesta de moda por el bloguero David Roberts en 2010. Este neologismo nos introduce en una realidad distorsionada de forma deliberada, con el fin de crear y manipular la opinión pública, influyendo en la propia sociedad, donde los hechos objetivos carecen de influencia social frente a las emociones.

Si el concepto lo concretamos en un entorno político, se caracteriza por enmarcar el debate en apelaciones emocionales desconectadas de la realidad y donde los hechos suelen ser ignorados; le da una importancia relativa a la constatación de la falsificación de la verdad que se resume en que algo que aparente ser verdad es más importante que la propia verdad.  ¿Qué hay detrás de todo esto? Pues, en muchos casos, una propaganda manipulada a la altura de Goebbels y otros muchos sátrapas de la historia reciente y pasada.

Como hemos podido comprobar a lo largo de este año pasado a nivel nacional e internacional en entornos electorales, el debate público se ha transformado en un espectáculo controlado y, en muchos casos, gestionado por expertos creadores de opinión y de noticias falsas, lo que en algunos foros se han venido a denominar fake news. Las críticas a éstas se vinculan al establishment que pretendidamente intenta desacreditarlo; así, los rumores o las acusaciones encubiertas pasan al primer plano de las noticias mientras la opinión pública, la publicada y la ciudadanía en general queda cubierta con una densa nube de niebla que distorsiona la perspectiva desde la que hay que conocer ciertos asuntos.

Ya algunos hablan del régimen de la posverdad, que maneja de forma segmentada una información que fluye como cataratas durante horas y días, donde se multiplican los contenidos a través de una gran diversidad de canales, objeto de deliberada distorsión y confrontación. Todo ello contribuye a polarizar tendencias, enfrentar y a sembrar la discordia y la desazón de grupos cada vez más sectarios, contribuyendo esto a fragmentar a la ciudadanía. Éste es su auténtico objetivo. Viendo este panorama, ciertamente preocupante, cabría preguntarse qué se puede hacer desde el otro lado del cristal. Apostar por las good news, o ya no estamos por las buenas intenciones, los buenos deseos que sorpresivamente todavía nos deseamos por Navidad, como hemos hecho hace poco de forma compulsiva. No desenfoquemos el objetivo de lo que somos; como personas o como pueblo, tenemos unas raíces, una tradición, una visión antropológica que trata de la persona y de la humanización de la realidad.

Tenemos una rica realidad en nuestra civilización occidental, que no es la única, pero si es en la que vivimos, enraizada en el mundo griego, el cristianismo, la modernidad, la concepción materialista, existencialista y personalista del ser humano en la edad contemporánea, que nos ha llevado a un mundo de lo pos, la posmodernidad, donde se afirma que es imposible la verdad, la objetividad y la racionalidad. Estamos, por tanto, en la época del fin de los grandes relatos. Es cierto, estamos viviendo un cambio de época que nos tiene que animar como personas y como sociedad a construir, desde nuestros círculos más cercanos, un nuevo estilo de relaciones, de estructuras, de visiones, que pasen más por generar procesos que por ocupar espacios de poder, poniendo el acento más en el todo que en la parte, y buscando más sumar que dividir.

Quizás nos pueda ayudar una frase de Aristóteles: “no basta decir solamente la verdad, hay que mostrar la causa de la falsedad”, queda tarea. Habrá que organizarse de otra forma tendremos que hablar más de fraternidad y de unidad, y menos de división y desencuentro. Las good news son el camino, adelante.

Enrique Belloso Pérez

Director de Relaciones Institucionales y Comunicación de CEU Andalucía