Los grandes problemas actuales son de tales dimensiones, nos sentimos tan desbordados por ellos, que preferimos ignorarlos. No entran en nuestro campo de acción. Por citar algunos: el terrorismo, la pobreza y el hambre, los emigrantes y refugiados, el caos financiero, el cambio climático… Todos ellos afectan, directa o indirectamente, a nuestra vida personal y profesional, pero nos sentimos impotentes para aportar soluciones. O se nos ocurren soluciones tan idealistas que ni nos atrevemos a proponerlas. Esa actitud, comprensible y realista sin duda, olvida que, además de tener una familia y una profesión, somos ciudadanos. Ciudadanos de nuestro país; hoy además, ciudadanos del mundo. Y esta condición nos invita, nos exige, que reflexionemos también sobre esos grandes problemas de la humanidad.

Hoy quiero referirme al marco general de nuestra sociedad planetaria. Está formada por un conjunto de países, en principio soberanos, aunque cada vez más interdependientes, con unas débiles instituciones internacionales. Es campo de juego de poderes políticos y, sobre todo, económicos, donde tiende a imponerse la ley del más fuerte, unas veces respetando los principios del derecho internacional, otras sorteándolos, otras vulnerándolos abiertamente. En este contexto se comienza a hablar de gobernanza mundial: ¿no hace falta una instancia que ponga orden para que no todo funcione de acuerdo con los intereses de los que tienen más poder? Porque ciudadanos responsables no podemos contentarnos con el pragmatismo de aceptar lo que hay. Tenemos que apostar por una sociedad mundial cuya base ética sea el respeto y promoción de la dignidad de las personas, de todas las personas en pie de igualdad. ¿Es esto algo más que una bella declaración para la galería? ¿Puede plasmarse en instituciones concretas?

No se trata de establecer una especie de Estado planetario, instancia soberana que ejerza un poder legítimo sobre todos los pueblos. Eso sería tan impensable (terminaríamos de un plumazo con la soberanía de los Estados, base del sistema político moderno) como peligroso (sería una excesiva concentración de poder).

Quitémonos de la cabeza ese modelo de un Estado “más grande” (planetario). Pero imaginemos una salida más compleja: ir construyendo paulatinamente un entramado capaz de contrarrestar los poderes fácticos; y, entre ellos, los que actúan en el mercado libre globalizado. La reciente crisis financiera ha vuelto a poner sobre el tapete la necesidad de establecer ciertas reglas del juego. Pero, ¿quién y cómo hacerlo?

Hoy tenemos elementos para pensar en un sistema de tres pilares, que se complementan entre sí.

Primer pilar: una Organización de Naciones Unidas renovada. La ONU nunca podría tener las competencias de un Estado mundial. Pero sus funciones podrían ser más efectivas si ganara en credibilidad (por ejemplo, ante el mundo árabe) y si adaptara sus órganos (sobre todo el Consejo de Seguridad que refleja demasiado el equilibrio de fuerzas de 1945 cuando la ONU se creó). Fácil no será, pero proyectos de reforma no faltan: están circulando ya, y precisamente en su propia sede neoyorkina.

Segundo pilar: una mayor colaboración intergubernamental. Aquí hay que contar con la aprobación de todos los Estados implicados, pero si ese acuerdo se lograra entre un número representativo de ellos, sus consecuencias serían efectivas. El G-20, que precisamente se ha reactivado a partir de la crisis de 2008, es una muestra de ello. Se puede argumentar que los resultados de sus cumbres anuales han sido escasos. Es cierto. Pero se está poniendo en marcha una institución que no existía hasta ahora con dos rasgos significativos: su población representa los dos tercios de la población mundial y el 85% del PIB; y en él se equilibran las antiguas potencias industriales (antiguo G-7) con los grandes países emergentes. ¿No es algo novedoso que conviene seguir expectantes?

Tercer pilar: la sociedad civil mundial. Es una compleja red de organizaciones e instituciones cada vez más conectadas gracias a las nuevas tecnologías. Desde las modernas redes de ágil creación y funcionamiento hasta las antiguas instituciones (universidades por ejemplo) con nuevas posibilidades de actuar conjuntamente. Son cauces de presión para contrarrestar otros poderes.

Como ciudadanos del mundo no podemos ignorar todo esto para mantenernos insensibles ante estas nuevas vías que se vislumbran. La inquietud ética no se alimenta sólo del pasado, sino que alienta además la creatividad de cara al futuro por construir.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía