Sesenta y un años es toda una vida, la vida de la Unión Europea. Una historia que nace de la desesperación de una guerra y la dureza de una posguerra mundial, en plena guerra fría. En marzo de 1957 se constituyó en Roma la Comunidad Económica Europea, una unión fundamentalmente económica, un mercado común y una unión aduanera, a la que con posterioridad se sumaron la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y la Comunidad Europea de la Energía Atómica. Esa primera Comunidad en 1993 se transformó en la Unión Europea, ya no solo hablamos de una unidad económica, sino también política, un gran reto.

Sin embargo, observando de cerca el panorama actual de la Unión Europea, además del Brexit, parece que los europeos estamos sumidos en un claro hartazgo social de la Eurocracia que desde Bruselas nos llega a través de un denso marco legal. Parece como si se pusiera en peligro su propia continuidad. Paralelamente durante estos últimos años se ha sumado la mal denominada “crisis de los refugiados” que ha puesto en entredicho sus políticas, principios y valores, y ha hecho emerger visiones contrapuestas en la sociedad europea.

En la Unión Europea parece que se ha roto la cohesión social, principio básico de la democracia. En todos estos años se han impulsado políticas que han estado más al servicio de los mercados que de las personas, dando lugar a situaciones de desigualdad entre países y entre sus diferentes territorios. Provocando miedo y malestar social. En ese ambiente han surgido partidos políticos con un marcado carácter populista.  Estamos pues ante un escenario no muy halagüeño, donde aparece una Europa dividida, con grandes diferencias entre países, quebrándose principios básicos de la Unión como son el principio de cooperación y solidaridad. Donde los intereses nacionales prevalecen sobre el bien común, y donde el conflicto entre los países miembros y las instituciones europeas está servido.

Estamos pues ante un momento crucial para la Unión Europea, un momento de refundación, de regeneración. A pesar de que parece que la opinión pública no está por la labor, en esta sociedad líquida en la que vivimos, no es oro todo lo que reluce, a veces esta opinión pública es manipulada por intereses ajenos a la propia Unión, a través de procesos tóxicos de fake news.

Si queremos una Unión Europea sólida y con cierta relevancia en el mapa mundial, nuestros valores y nuestras políticas han de ir de la mano. Poniendo en el centro la dignidad de la persona humana y la necesidad de una economía que esté a su servicio y no a la inversa. Es tiempo de una política con mayúsculas, a nivel nacional y europeo, que tome como base el bien común de los excluidos, promoviendo la igualdad de oportunidades. No es posible avanzar si se siguen reivindicando, cada vez más, derechos individuales desligados de sus contextos sociales y antropológicos. Mientras tanto, la soledad de los europeos y la cultura del descarte se ha agudizado con la crisis económica. Sin embargo, al mismo tiempo, subsisten estilos de vida demasiado egoístas y opulentos. Por eso, una Europa, que sepa apreciar sus raíces antropológicas, culturales y religiosas puede ser más inmune a los extremismos actuales. Para todo ello es clave invertir en la persona humana, a partir de una educación que de esperanza al futuro. Necesitamos una Europa más creativa, que potencie la investigación científica en sectores, como el energético, y que esté siempre a favor de una ecología humana integral.

Parece que ha llegado la hora de construir juntos una Europa que no gire solo sobre la economía, sino que apueste por la persona humana y sus valores inalienables, una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, valores humanos y también de fe. Como subrayó en el Parlamento Europeo el Papa Francisco, una Europa que mira, defiende y tutela al hombre. Una Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente.

Enrique Belloso Pérez

Director de Relaciones Institucionales y Comunicación de CEU Andalucía