“Las resoluciones de bancos no se hacen para salvar accionistas y bonistas”. Así respondía Elke König, presidenta del Mecanismo Único de Resolución (MUR), en una entrevista a El País publicada el pasado 21 de junio. Este organismo europeo tiene como propósito “garantizar la resolución ordenada de los bancos en quiebra con un coste mínimo para los contribuyentes y la economía real”.

El negocio principal de una entidad financiera es la intermediación: toma dinero de los ahorradores que les sobra y lo presta a quienes necesitan. Es decir, se dedica a captar en cuentas corrientes y depósitos bancarios constituyendo su pasivo en balance. Con este volumen captado, se le permite prestar vía créditos y préstamos una cantidad y forma su activo.

Cada día, la entidad tiene que cerrar sus cuentas y no bajar de unos límites establecidos que permitan la viabilidad de la empresa. Si un cliente acude para retirar su ahorro y éste ha sido prestado la entidad tiene que tener un colchón para atender la demanda del cliente. Al acudir muchos y de forma rápida se puede crear un problema de falta de colchón, falta de liquidez, que lleva a la empresa a la quiebra. Si esto ocurre, están en peligro todos los ahorros depositados en cuentas corrientes y depósitos de los clientes. Para evitarlo, se liquida una entidad y se vende a otra, por ejemplo, por un euro, permitiendo que esta nueva entidad cubra el colchón de seguridad de liquidez suficiente para seguir funcionando de forma estable. Me pregunto: ¿qué es lo que se compra por un euro? Lo que vale la entidad en ese momento a precio de mercado. Se adquiere su activo (todos los inmuebles y todos los créditos y préstamos que tendrán que seguir pagando los clientes) y su pasivo (todos los clientes, cuentas corrientes y depósitos, además de los acreedores comerciales). Sin embargo, los acreedores por bonos y obligaciones junto con los accionistas serán adquiridos a valor de 0 euros, es decir, que perderán toda su inversión al dejar sus ahorros en este tipo de instrumento financiero para convertirse en propietarios y acreedores de la entidad financiera.

Como ahorradores tenemos excesos en nuestros balance que decidimos depositar en cuenta, depósitos, o bien otros activos financieros. Es decir, dejamos el exceso a otros a cambio de una compensación por ello. Adquirir una acción supone ser propietario de una empresa, disfrutar del beneficio y asumir el riesgo derivado de las decisiones de sus gestores. En la generación de beneficios, podremos vernos recompensados por su reparto de dividendos, o bien, por el incremento del valor de la acción. Por el contrario, en una situación de pérdidas puede que nuestra propiedad quede mermada e incluso su valor se llegue a perder.

Adquirir un bono o una obligación supone ser acreedor de la empresa y, a cambio, nos recompensa con una cantidad explícita en un tiempo determinado. Nos lo devuelve al final con ese rendimiento, o bien, poco a poco nos da unos cupones a un tipo de interés conocido y, al final, nos devuelve el capital que le dejamos. Si la empresa es capaz de crecer y generar beneficios, tendremos cierta tranquilidad y seguridad en el cumplimiento de lo pactado. De lo contrario, estaremos expuestos a que no se cumpla el pago de los cupones en tiempo y al riesgo del capital prestado. Un impago de un cupón en un mercado financiero supone la quiebra y alerta sobre esa empresa. El riesgo de pérdida es elevado.

Abrir una cuenta corriente y poner el exceso en un depósito de una entidad financiera tiene una garantía respecto a los anteriores activos financieros. Está respaldado por el Fondo de Garantía de Depósitos, que lo constituyen las propias entidades financieras. Lo curioso es que dicho fondo no tiene apenas recursos para que una quiebra como tal sin intervención estatal o europea pueda sostenerse. Es por ello que se interviene y se intenta evitar la alarma social que produciría en los ahorradores y en el propio sistema financiero.

¿Qué haces entonces? Párate y piensa antes de tomar una decisión de tipo financiero. El impulso y las emociones nos llevan a decidir primero y analizar después, nos pasa a todos. Te invito a que ajustes la percepción del riesgo y la percepción de la rentabilidad. Para ello, pregunta más sobre lo que nos ofrecen y pregúntate por qué nos lo ofrecen. En ese momento, pregúntate si es lo que necesitas o es un deseo generado para tomar la decisión. ¿Sí? Felicidades, la educación financiera parte de un comportamiento inteligente en la toma de decisiones. Recuerda: el riesgo existe.

Juan Francisco Martín Báñez

EFA European, Financial Advisor, Asociado EFPA 12099