De histórico ha sido calificado por muchos medios el discurso de Emmanuel Macron, Presidente de la República Francesa, a invitación de los obispos franceses con presencia también de representantes de otras confesiones religiosas. El acto se celebró el pasado 9 de abril en el Colegio de los Bernardinos, un antiguo monasterio del siglo XIII, donde ya Benedicto XVI se encontró con los representantes de la cultura en 2008.

En España sería difícil imaginar una intervención así. ¡Y fue posible en Francia, el país más laico en las relaciones Iglesia-Estado desde la ley de separación de 1905!

Macron comienza reconociendo: “por razones biográficas, personales e intelectuales tengo una alta consideración de los católicos”. Al mismo tiempo deja clara su función institucional: “Como jefe de Estado yo soy el garante de la libertad de creer y de no creer, pero no soy ni el inventor ni el promotor de una religión de Estado que sustituya la trascendencia divina por un credo republicano”.

Sabe que las relaciones Iglesia-Estado en Francia han supuesto un camino sembrado de malentendidos y desconfianzas recíprocas. Pero ni la historia ni el presente de ese país, a pesar de su tradición laica, se entienden sin la aportación de los católicos. Y no quiere remitirse solo a las raíces, que miran al pasado, sino a la savia, esa “savia católica” que debe contribuir ahora y siempre a la vida de la nación.

¿Cuál sería el sentido de esta contribución? Creo que es lo más sugerente del discurso: Macron cree que la República francesa puede esperar de la Iglesia “tres dones: el don de vuestra sabiduría, el don de vuestro compromiso y el don de vuestra libertad”.

Al hablar de la sabiduría no rehuye dos temas que preocupan a la Iglesia: la bioética y la acogida de los inmigrantes. Para Macron la fuerza de la Iglesia es su visión del ser humano abierto a la trascendencia, algo muy necesario en un mundo cuyas metas son el progreso económico y científico. Pero pide que actúe desde “la humildad del cuestionamiento”. Cuestionamiento como alternativa a la imposición: en nuestra sociedad la Iglesia no puede imponer su visión, pero puede cuestionar desde esa visión. Humildad, que nace de tener cada día que moldear lo real y de articularlo con un sistema ideal de valores.

Esa humildad no se basa sobre la solidez de lo cierto, sino sobre la fragilidad de lo que nos cuestiona y a veces nos desmoraliza. La Iglesia no es guardiana de buenas costumbres sino fuente de esas incertidumbres que nos rodean: y hace del diálogo, de la pregunta, de la búsqueda, el corazón mismo del sentido incluso entre los que no creen.

Cuestionar no es negarse a actuar. Por eso de la Iglesia se espera también el don del compromiso. Ante el relativismo y el nihilismo reinante para el que nada parece valer la pena y donde las solidaridades se debilitan, los católicos deben volcarse en la acción asociativa y en el compromiso, sin excluir el compromiso político. Porque la fraternidad no es cuestión, como muchos piensan, de dinero público y de políticas del Estado, sino que exige el compromiso ciudadano.

Compartir el camino no implica que todos marchemos al mismo ritmo. Y aquí es donde se sitúa el don de la libertad. La primera libertad que la Iglesia puede ofrecer es la libertad de ser intempestiva, precisamente porque no marcha al ritmo de la política. Es una libertad que es también libertad de palabra. Y que es finalmente libertad espiritual: ante el peso de objetivos materialistas necesitamos, seamos creyentes o no, oír hablar de otra perspectiva sobre el hombre.

Ahí quedan esas pinceladas. Creo que invitan a leer un texto porque da luz a nuestro debate, tantas veces polarizado por una y otra parte, sobre el lugar de lo religioso y lo cristiano en una sociedad plural. Las reflexiones de Macron muestran que hay espacio para una convivencia fecunda ajena a esos radicalismos que tanto ensombrecen el escenario español.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía