El diálogo entre ciudadano y político siempre será fecundo. Pero no siempre fácil. Me refiero al ciudadano sin adscripción partidista determinada, hasta sin una sintonía estable en el tiempo con algún partido, pero con un interés responsable por la política. Un ciudadano así podrá acercarse a la política con una objetividad, no plena, pero quizás superior a la del que vive directamente el compromiso político de partido.

Ese ciudadano existe en nuestras sociedades, pero apenas encuentra cauce para expresarse si no es en el anonimato de las urnas. ¡Cuánto ganarían nuestras sociedades con espacios donde el político, sin cámaras ni micrófonos, pudiera oír y ser oído, pudiera dialogar!

En ese diálogo aparecería una tensión inevitable en la vida política, tensión que hace a la política más compleja pero la acerca más a la realidad del día a día de la gestión pública: tensión entre bien común y bien particular, lo que interesa a todos y lo que solo interesa a un grupo. Como ocurre con toda tensión, no será posible eliminarla, pero habrá que buscar fórmulas para que un extremo no aniquile al otro.

Es difícil dudar que el bien común sea el objetivo y razón de ser de la actividad política. Tampoco es discutible que a los ciudadanos todos, con compromiso político o sin él, nos mueven más los bienes particulares, legítimos sin duda pero no compartidos por todos. Ahí está la grandeza de la política: que busca establecer mecanismos para que el bien de todos tenga una presencia efectiva en el funcionamiento de la sociedad. Pero donde radica su grandeza anida también su vulnerabilidad. Si al ciudadano le cuesta dejar de lado, momentáneamente, sus intereses particulares para abrirse a la consideración del bien común, al político le cuesta quizás más porque dispone de un instrumento (el poder institucional) que le permitiría orientar su actividad al servicio de los bienes propios, de la persona, grupo o partido. Esa es la corrupción, de la que los ejemplos se agolpan en nuestra cabeza.

Desde la condición ciudadana se ocurre formular algunas reflexiones y preguntas en este diálogo, que ojalá no fuese imaginario, con un político.

1) El programa de un partido político quiere plasmar lo que ese partido (de acuerdo con su ideología, con su comprensión del ser humano y la sociedad) piensa es el bien común. Pero ¿admitiría el político que no es el único posible, que hay otras concreciones del bien común igualmente legítimas? Es consecuencia del pluralismo de nuestras sociedades y base de la democracia. ¿Es capaz el político de relativizar su propio programa?

2) El bien común no es un todo absoluto y cerrado, cuestión de “todo o nada”. Sus componentes pueden reajustarse como piezas que llegarían a conformar un todo coherente. En contextos políticos como el nuestro donde no hay un partido capaz de una mayoría que le dé posibilidad de realizar un programa, es urgente aceptar esta circunstancia que complica la gestión política porque exige dialogar y negociar con los contrincantes políticos. ¿Entra aquí en juego la atención al bien común posible en esta situación particular o seguimos anclados en el maximalismo del “todo o nada”?

3) Sorprende que el bien común y sus componentes sean presentados y defendidos de forma tan cambiante dependiendo de la posición relativa del otro: lo que en el gobierno aquí se presenta como blanco, en la oposición allí es negro…

4) La sorpresa se convierte en desesperación cuando se observa que lo que interesa ante todo es destruir al otro, desacreditarlo y deslegitimarlo. Interesa más oponerse que proponer. Entonces la política ha perdido todo su sentido, el bien común o tiene ya lugar. Solo vale el bien particular del político: el poder por el poder, al precio que sea. En ese momento el ciudadano ya “apaga la televisión”.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía