Hace unos días se anunció que se había aprobado la canonización del papa Pablo VI y del arzobispo salvadoreño Monseñor Romero. ¿Merece la pena hacerse eco en las páginas de Agenda de la Empresa de una noticia de esta índole? Creo que sí por la dimensión ética que encierra. Intentaré explicarlo.

Evidentemente se trata de un asunto eclesiástico y que afecta a personajes de ese mundo. Pero ¿no son ellos dos personalidades de una relevancia que rebasó las fronteras de la Iglesia? La canonización es un reconocimiento oficial por parte de la Iglesia que los propone como ejemplos. Pero los valores que alimentaron sus vidas son dignos de consideración para la sociedad toda.

En pocas palabras, el papa Pablo VI fue el hombre del diálogo, el arzobispo Romero fue el hombre que supo comprometerse con los más desfavorecidos. Y en situaciones nada fáciles. ¿No son dos modelos de vida inspiradores y estimulantes para nosotros hoy, sean cuales sean nuestras convicciones religiosas?

Pablo VI, hombre del diálogo. Se le conoce más por haber llevado a término el concilio Vaticano II, un momento trascendental en la Iglesia, y por haberse empeñado después en su aplicación. Pero todo ello lo emprendió desde ese talante humanista que cultivó desde su juventud. La carta que publicó a los pocos meses de elegido papa, con lo que podría ser el programa de su pontificado, tuvo como centro el diálogo. No un diálogo cualquiera. Lo quería marcado por estas cuatro notas: claridad, mansedumbre, confianza, prudencia.

Pablo VI estaba convencido de que “la ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo”. La Iglesia de los años 1960 y 1970 salía de una etapa que no se había señalado precisamente por su apertura al mundo moderno. Y él quiso pilotar un giro, promoviendo en la Iglesia un diálogo honesto y nunca impositivo, como actitud para buscar con otro y no como estrategia para dominarlo sin estridencias. Cuando entran en juego convicciones religiosas, este diálogo resulta más complejo. Por eso en su vida no todos fueron éxitos. Encontró innumerables resistencias, también en la Iglesia misma. Estas dificultades y su carácter, tímido y a veces distante, explican su imagen de hombre dubitativo así como el desgaste progresivo de su persona.

Si toda la vida de Pablo VI estuvo marcada por su talante humanista y dialogante, no ocurrió lo mismo con el arzobispo Romero. Él siempre se había distinguido como un hombre de orden, identificado por muchos con el sector conservador de la Iglesia. Intentó mantener una difícil neutralidad en un país como El Salvador en un momento especialmente difícil: su nombramiento como arzobispo coincidía en el tiempo con unas elecciones políticas, denunciadas como fraudulentas (1977). El nuevo gobierno se distinguió por apoyar con todo el poder del Estado a la oligarquía de pocas familias que venía controlando al país.

Pero hay un momento concreto que provoca un giro radical en la vida de Óscar Romero: el asesinato de su amigo el jesuita Rutilio Grande, acribillado a balazos con otros dos campesinos por su actividad en favor del mundo rural. Desde aquel día Romero se convirtió en un audaz defensor de los desprotegidos, y denunció por todos los medios los atropellos contra los derechos de los campesinos, obreros, sacerdotes, y de cuantos acudían a él, en medio de la violencia y represión militar que vivía el país. Y corrió la misma suerte. 24 marzo 1980: un pistolero a sueldo lo mató de un tiro en el corazón mientras celebraba misa en un hospital de la ciudad.

¿No hay razones para hacernos eco de estas dos canonizaciones? Que ellas sean una oportunidad para recordarnos a todos, creyentes o no, que este mundo sigue muy necesitado de personas de diálogo y de personas que arriesguen su vida en defensa de los excluidos.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía