Asistí no hace mucho a una conferencia sobre ‘Bien común, política y conflicto de intereses’. Se hizo una crítica despiadada del término “bien común”, con el que tantas veces se pretende sólo justificar el sacrificio de algunos para salvar el bien general de la sociedad. En el contexto de la crisis reciente, este argumento se expresa con una formulación que podría ser aproximadamente esta: los recortes son una exigencia del bien común.

El bien común es un concepto que ha llegado hasta nosotros -como tantos conceptos hoy vigentes- desde la tradición cristiana, aunque hoy haya perdido esa connotación y quede reducido a una categoría ética profana. ¿Sigue siendo útil?

Precisar su contenido no es superfluo: una buena definición no resuelve los problemas, pero ayuda a formularlos adecuadamente. Porque cuando las palabras se usan con imprecisión no sólo se dificulta que nos entendamos; ocurre incluso que la ambigüedad de las palabras lleva a que se nos haga decir lo que nunca hubiéramos dicho.

Dados los antecedentes indicados me permito recordar la definición que se elaboró en la tradición cristiana: el bien común es “el conjunto de condiciones de la vida social, que permiten, tanto a las colectividades como a los individuos, conseguir más plena y fácilmente la propia perfección”.

Toda definición suele ser el resultado de debates prolijos. Asomarnos a ellos ayudará a comprender el alcance de lo definido. Pues bien, a esta definición subyace el debate entre dos concepciones de persona y de sociedad: una de inspiración liberal y otra de cuño socialista.

En el primer caso (órbita del liberalismo más puro), el individuo es tan importante que el bien común queda reducido a la suma de los bienes particulares de todos los componentes de la sociedad. Se forma por adición: el bien común no añade nada cualitativamente nuevo, se mueve solo en el terreno cuantitativo.

En el segundo caso (según una mentalidad de sesgo socialista), es la sociedad a través del Estado la que debe garantizar a cada individuo los bienes que precisa para su vida. Si en el caso anterior el individuo era el protagonista por excelencia, ahora el individuo es el beneficiario de la acción de la sociedad organizada, perdiendo así la relevancia que antes se le reconocía.

¿Qué es lo central en esa formulación del bien común? El empeño por poner en el centro a la persona dotada de libertad para construir su propia vida (inspiración liberal…), pero reconociendo que, si no se dan ciertas condiciones, nunca será posible construir nada (orientación, en cambio, más socialista…). Por tanto, no se confía tanto en la persona y sus posibilidades como en la tradición liberal, pero tampoco se quiere que esta quede tan dependiente de la sociedad y del Estado como en la tradición socialista.

En la práctica, éste es el punto crucial del debate entre modelos de inspiración liberal o de inspiración socialista, usando estos dos términos en un sentido muy germinal: el primero privilegiaría el valor de la libertad individual, mientras que el segundo haría lo mismo con la igualdad. ¿No sigue vigente hoy este debate a pesar de la diversificación política que parece estar acabando con la polarización tradicional liberalismo/socialismo? En cualquier postura política, dentro de la ampliación del espectro político a que estamos asistiendo, es inevitable plantear el binomio libertad/igualdad y concretar cómo se conjugan dos valores que de hecho tienden a entrar en conflicto.

El concepto de bien común esbozado sólo pretende salvar a la persona humana colocándola en el centro, a toda persona humana, evitando los grandes números que ocultan a las minorías; y, para ello, se presupone que la libertad no basta si no está acompañada de ciertas condiciones que le permiten ejercerla efectivamente. Algunos hablan, no de una libertad formal (no estar coaccionado para hacer algo), sino de una libertad material (poder hacer efectivamente). Un ejemplo obvio: con un determinando nivel de educación (unas determinadas condiciones que habría de garantizar la sociedad), cualquier persona puede llegar mucho más lejos que sin formación alguna.

Este concepto de bien común no se queda en un ambiguo bien general: busca garantizar que la sociedad se organice para que todos tengan oportunidades de llegar a ser efectivamente a lo que aspiran ser.

Ildefonso Camacho SJ

Universidad Loyola Andalucía