En mi anterior artículo terminé indicando que estábamos ante un cambio de época y no ante una época de cambios. No estamos, por tanto, ante un periodo histórico como la Belle Époque entre finales del siglo XIX y el principio del siglo XX, caracterizado por el fomento del capitalismo, la expansión del imperialismo, la ciencia y el progreso en beneficio de la humanidad. Una época con muchas transformaciones culturales, económicas y sociales que se generalizaron en el periodo de entre guerras cuando se recordaba con nostalgia un mundo ya perdido para siempre.

El filósofo griego Heráclito (540 – 480 a.C.) afirma que el fundamento de todo está en el cambio incesante, “todo fluye” mantenía, indicando que en la contradicción está el origen de todas las cosas. La realidad pide que la contemplemos, además de con los sentidos, con la inteligencia, y a ello hay que sumarle una actitud crítica, complejo cóctel. Mientras el mundo sigue adelante, mientras el mundo “fluye”, y nosotros en nuestro entorno vivimos momentos de desencuentros sociales, de falta de diálogo e incomprensión, de contradicción, millones de alumnos entran en un nuevo curso escolar y universitario, vuelven a las aulas. Los docentes retoman sus tareas en un país que no logra poner en marcha un gran pacto educativo, una quimera, piensan algunos a estas alturas. Sólo un dato: de cada diez jóvenes españoles, cuatro tienen un título universitario, cifras muy semejantes a nuestro entorno europeo, pero, al licenciarse, estos jóvenes acceden a un mercado de trabajo complejo en el que la sobrecualificación y el paro juvenil están muy presentes, porque el 41,7% de los universitarios españoles se ve “sobrecualificado” para el trabajo que ocupa.

En nuestro modelo educativo seguimos dando poca importancia a los análisis y la resolución de problemas, al trabajo en equipo, a la investigación, a través de un aprendizaje mucho más activo, esto es esencial para la mejora de la empleabilidad en un futuro. Pero para impulsar este cambio hace falta voluntad, una línea mantenida en el tiempo y una conciencia muy clara de que el objetivo real de todo sistema educativo es el progreso del alumno.

La incorporación de las nuevas tecnologías es un factor a resaltar en positivo en los últimos años. Los adelantos tecnológicos están posibilitando nuevos cambios en las formas de dar clase, tanto en la educación primaria y secundaria como en la superior. Ello afecta a algo tan básico como el aula y la forma en que ésta condiciona las relaciones entre estudiantes y profesores.

Los nativos digitales, así definidos por Marc Prensky en 2001 constituyen, por tanto, un importante desafío para el sistema actual por dos razones: en primer lugar, por la necesidad permanente de asumir una tecnología digital que avanza muy rápidamente y, en un segundo lugar, el alumnado nativo digital desarrolla destrezas tecnológicas que, en muchos casos, están por encima de quienes tienen la responsabilidad de formarlos. Si la conformación cognitiva de los nativos digitales es distinta a la de hace algunos años, estamos ante un apasionante desafío, en el que todos los actores implicados -educadores, padres e instituciones públicas y privadas- tendrán que trabajar en red para que estos desafíos sean oportunidades para un tiempo nuevo.

Los alumnos y alumnas que acaban de comenzar sus clases en todos los niveles necesitan educadores emocionalmente disponibles que les proporcionen límites definidos y responsabilidades. Sin embargo, muchos están todavía distraídos respecto al mundo digital. Se permite que niños y jóvenes vivan en una situación permanente de estimulación sin fin, con gratificaciones instantáneas (V. Prooday, 2017), sin espacio para el silencio, para estimular la creatividad. Es necesario conectar con ellos para que vivan apasionadamente este cambio de época que fluye entre nosotros en medio de contradicciones, avances y dificultades. No miremos hacia atrás, ya no es posible vivir de nostalgias, miremos el futuro, a pesar de las dificultades, con esperanza. Innovando con inteligencia, trabajando en red, sumando y no dejando a nadie atrás, ese es nuestro gran reto en este cambio de época, porque la Belle Époque pasó.

Enrique Belloso Pérez

Director de Relaciones Institucionales y Comunicación de CEU Andalucía