La hija de don Juan Alba dicen que quiere meterse a monja (canción)

Un libro –Jirones de toda una vida– editado por la Fundación Cajasol y presentado por el prestigioso cirujano cardiovascular Carlos A. Infantes Alcón, sirve de homenaje filial a la figura de Francisco Infantes Florido, un hombre de formación liberal, fundador de la revista “Nueva Poesía”, que le llevó a militar en la izquierda  y cuya familia solicitó mis servicios como profesor de francés a través del colegio de San Francisco Paula allá por los años 60. Recuerdo que estudiábamos las novedosas canciones de Brassens -todo un desafío- sin olvidar los temas de literatura francesa programados en el bachillerato. El caso es que a lo largo del tiempo me convertí en ‘habitual’ de la casa, incluso después de haber superado los tres hermanos -Manolo, Carlos y Paco- las consabidas reválidas y el preu.

Largas charlas, salpicadas de anécdotas y vivencias mil, me permitieron descubrir la personalidad singular de un hombre culto, aparentemente tosco y tremendamente sincero al que no importaban las convenciones sociales. Gustaba don Francisco de referirse a Juan Belmonte, hombre adusto y taciturno, uno de sus personajes preferidos, al que dedicaría un poemario -hoy agotado- numerado e ilustrado con espléndidos dibujos de Martínez de León y el doctor Antonio Adelardo, artistas irrepetibles cuyos nombres, barridos tal vez  por la usura del tiempo, no signifiquen gran cosa para las generaciones posteriores. En Jirones de toda una vida desfilan personajes irrepetibles: Sarasate, Antoñito procesiones, Vicente el del canasto, María, que te brillan las espuelas… que cual náufragos de la vida  nos evocan varios decenios de su humilde existencia, inundando de irremediable nostalgia  un tiempo que no volverá en el que tal vez podríamos habernos mostrado más generosos.

Pero lo que más llama la atención, a juicio del Dr. Infantes, en estos tiempos de ‘memoria histórica’, es el espíritu de armonía y  convivencia en el seno de una familia que había sufrido, por ambos bandos, las consecuencias de la confrontación fratricida: su padre, fundador de la revista “Nueva Poesía”, vivió en la clandestinidad y varios de sus compañeros fueron fusilados, en tanto su madre, de ideología conservadora, había tenido que reconocer el cadáver de un hermano fusilado por ser ‘de derechas’. A pesar de estar en los dos bandos de la guerra civil se enamoraron y lograron formar una familia y criarlos a todos en un ambiente de armonía, sin rencores ni revanchas. “Y sin memoria histórica…”. Desgraciadamente se está perdiendo esa concordia que se inició en la Transición. No se entiende que haya que olvidar a la ETA y recordar, en cambio, lo que pasó en España hace 80 años. “Zapatero -prosigue el Dr. Infantes- reabrió heridas que estaban cicatrizando con la Ley de Memoria Histórica, una bomba con espoleta que revienta la convivencia”.

En un espléndido artículo galardonado con el Premio Mariano de Cavia, publicado en El País el 28-XII-2017, Marañón y Bertrán de Lis, nieto de uno de los tres fundadores de la Agrupación al Servicio de la República  escribe: “No es defendible que la memoria democrática se reduzca a los asesinados de un solo bando. Hay una urgencia crítica para que los españoles de hoy asumamos por fin los horrores de la Guerra Civil. La Transición debe abordarse como un hecho histórico capital, con sus logros y, por supuesto, con sus deficiencias”. Lo esencial fue que las dos Españas se reconciliaron tras cuarenta años de dictadura y una terrible guerra civil; que se recuperaron en democracia todas las libertades; y que terminó un largo aislacionismo. No reconocer esto es un negacionismo de muy peligrosa deriva. La memoria histórica, cuando se aborda fragmentada por los herederos de una de las dos Españas, constituye el mayor obstáculo para que se imponga definitivamente la consigna final de Azaña: “Paz, piedad, perdón”, un olvido que no es desmemoria sino reconciliación.

Miguel Fernández de los Ronderos

informaria@informaria.com