En un interesante y bien documentado artículo (1), Darío Villanueva, director de la Real Academia Española, afirma que “el español está afianzando su posición como un idioma en condiciones de servir sin limitación alguna a la sociedad norteamericana en convivencia bilingüe con el inglés, lo cual es mérito -añade- de los millones de mujeres y de hombres, niños, jóvenes y mayores, que hacen de una lengua universal como es la nuestra la herramienta de sus trabajos y de sus días”. Las cifras son elocuentes: el DRAE, digitalizado en 2002, recibió en 2017, desde doscientos países, más de 750 millones de consultas; el español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos, 477 millones, sólo por detrás del chino mandarín, siendo la tercera lengua en Internet y la segunda en Facebook y Twiter, todo ello sin contar con la robustez demográfica de Méjico (124 millones de habitantes) o la situación actual del español en los Estados Unidos, con un 18% de población hispana, con más de 40 millones que hablan español con pleno dominio, a lo que habría que añadir que es la lengua más estudiada, con ocho millones de alumnos, la mitad preuniversitarios.

Pero nada de esto parece disuadir a los papanatas en su obsesión por rebautizar conceptos en forma de anglicismos (¡que no anglicanismos, al decir de una ministra!), pretextando la potencia cultural y tecnológica del mundo anglosajón. En nuestra preferencia por usar el término extranjero hay una buena dosis de esnobismo (2), cuando no un complejo de inferioridad absolutamente injustificable: save the date en lugar de “apunte en su agenda”, data (datos), hits (logros, éxitos), brainstorming (tormenta de ideas, ocurrencias), fashion week (semana de la moda), shakes (batidos), deadline (fecha límite), low cost (económico; barato), running (correr, como actividad deportiva)… A propósito de esta última expresión es muy frecuente el error -hacer footing, caminar  deprisa- cuando debe decirse go jogging. Un ejemplo clásico de footing sería: “The climber lost his footing and fell downstairs”. Las aclaraciones nunca están de más. En esta preferencia por utilizar el término extranjero se entiende cierto desprecio -cuando no desconocimiento- de nuestro idioma: oversize, clutch o take away parecen ‘sonar’ mejor que ropa ancha, bolso de mano o comida para llevar.

Nos movemos en un mundo de briefings, engagements, hits, claims, startups, targets, smartphones…, como si el simple hecho de calzar el término en inglés le diese más valor. Hay muchas palabras que tienen sustitución; los préstamos lingüísticos no son exclusivos de nuestro siglo, aunque hoy están ‘bendecidos’ por la tecnología y lo que podríamos llamar ‘contagio cultural’, aunque habría que recordar que ya en el siglo XVIII, momento de la fundación de la RAE, los académicos estaban muy preocupados por la influencia del francés, por aquel entonces lengua predominante. Como concluye Pardo Proto en su Anatomía del anglicismo, los préstamos entre lenguas han existido siempre, aunque haya que recordar que el lenguaje publicitario se inventa en el mundo anglosajón y que muchas de las empresas de publicidad y comunicación son multinacionales, con reuniones periódicas en inglés, por lo que el contagio es inevitable. En cualquier caso hay que insistir en el valor de los neologismos que se crean dentro de nuestro propio idioma frente a los préstamos lingüísticos, aunque, como dice Soledad Puértolas: “Si no tenemos un nombre, hay que importarlo”.

(1) “Estados Unidos en el español global”

(ABC 14-06-2018)

(2) Del inglés snob, en su raíz latina, sine nobilitate. Dícese de aquella persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc. de aquellos a quienes considera distinguidos o que presumen de conocer a fondo un tema. Curiosamente, Oscar Wilde fue tildado de ‘snob’.

Miguel Fernández de los Ronderos   |   informaria@informaria.com